domingo, 31 de mayo de 2026

Andrew Mitchell: el hombre que seguía habitando el valle

 Por: Vittorio Badoino Rivera 

Hay personas que dejan huella por las cosas que hacen. Otras, por los cargos que ocupan. Y algunas, más escasas, dejan una marca simplemente por la forma en que estuvieron en el mundo.

Andrew Mitchell pertenecía a esta última categoría.

Hablar de Andrew es hablar de una vida que transitó entre varios mundos sin perder nunca la sencillez. Hijo de misioneros provenientes de Irlanda del Norte, creció entre dos culturas. Mientras sus padres desarrollaban su labor pastoral en el sur del Perú, Andrew pasó buena parte de su juventud estudiando en un internado en Inglaterra, regresando al país durante las vacaciones. Aquella experiencia le dio una mirada amplia, una mezcla singular de disciplina británica y sensibilidad peruana que lo acompañaría toda la vida.

Sus padres, conocidos por muchos moqueguanos como Mitchell and Porter, dejaron una profunda huella en la región. Su trabajo pastoral, educativo y comunitario fue recordado durante décadas, hasta el punto de dar nombre a instituciones educativas de la zona. Entre sus recuerdos familiares sobrevivía una antigua máquina para coser lona, una herramienta robusta utilizada para confeccionar y reparar las grandes carpas de los campamentos que organizaban en las playas de Ilo y Mejía.

Aquellos campamentos marcaron generaciones.

Y también marcaron a Andrew.

Verano tras verano participaba en aquellas jornadas junto al mar, donde se mezclaban amistad, aprendizaje, comunidad y aventura. Quizás allí nació parte de su conexión con los espacios abiertos, con la costa y con esa capacidad tan suya de reunir personas sin necesidad de protagonismo.

La educación fue siempre una constante en su vida. Fue profesor de inglés y posteriormente supervisor de los colegios de Southern Perú. Más adelante enseñó en Lima, en instituciones tan prestigiosas como el Markham y el Newton College. Quienes fueron sus alumnos recuerdan no solamente a un maestro competente, sino a una persona capaz de despertar curiosidad, confianza y afecto.

No eran pocos los exalumnos que años después seguían buscándolo.

Algunos incluso viajaban hasta Moquegua para visitarlo.

Porque Andrew no era simplemente un profesor de inglés.

Era uno de esos maestros que permanecen en la memoria.

Su trayectoria también lo llevó lejos del Perú. Durante una temporada trabajó en Khartoum, Sudán, en un colegio inglés. Fue una experiencia más en una vida marcada por los desplazamientos, aunque siempre terminaba regresando al sur peruano, como si allí estuviera el centro de gravedad de su historia.

Con el tiempo encontró su lugar en el valle.

Compró una media hectárea a la señora Paulina y construyó su casa en el sector de El Conde, junto a la Panamericana. Desde las lomas que rodean el valle podía verse la propiedad integrada al paisaje, discreta entre el verde de los cultivos y los tonos ocres del desierto.


El lugar reflejaba perfectamente a su dueño.

No era ostentoso.

Era auténtico.

Junto a la casa levantó un almacén destinado a un proyecto que lo entusiasmaba especialmente: la comercialización de tejidos, lanas y productos de alpaca provenientes de la sierra. Parecía una iniciativa con futuro. Había visión, contactos e interés genuino por rescatar tradiciones textiles andinas.

Sin embargo, como ocurre tantas veces en la vida, los planes tomaron otro rumbo.

El proyecto nunca llegó a desarrollarse plenamente.

Después del terremoto de 2001, Andrew decidió mudarse al propio almacén, adaptándolo como vivienda. Aquel espacio pensado para guardar tejidos terminó convirtiéndose en hogar.

Era una decisión muy propia de él.

Sin dramatismos.

Sin grandes explicaciones.

Simplemente siguiendo el curso natural de las cosas.

Quienes visitaban su casa encontraban un mundo particular. Muebles antiguos, adornos cuidadosamente escogidos, baúles cargados de historia y objetos traídos de distintos momentos de su vida. Nada parecía estar allí por casualidad. Cada pieza contaba algo.

Con los años, muchos de esos muebles y baúles fueron donados por su hermano al Bandido, encontrando una nueva vida en ese espacio cultural y de encuentro que tanto significó para la familia y los amigos.

De alguna manera, Andrew siguió presente allí.

También formaban parte de su hogar las presencias cotidianas que lo acompañaron durante años: Ina, su fiel cuidadora, y Osa, una labradora color café que compartía con él la tranquilidad de los días en El Conde.

Quienes lo conocieron recuerdan especialmente su manera de estar. La facilidad para conversar. El humor fino. La sonrisa discreta. La ausencia total de pretensión.

Andrew podía hablar de educación, de viajes, de historia, de la vida en Inglaterra, de los campamentos en la playa o de cualquier asunto cotidiano con la misma naturalidad.

Y siempre parecía escuchar más de lo que hablaba.

Cuando se inauguró La Estación El Conde, muchos de los presentes sintieron que aquel lugar representaba algo que Andrew entendía muy bien: la importancia de crear espacios donde las personas pudieran encontrarse. No necesariamente para hacer algo extraordinario, sino para compartir.

Porque, en el fondo, esa había sido una constante en toda su vida.

Construir comunidad.

Tender puentes.

Generar encuentros.

Hoy, al recorrer el valle desde las lomas que dominan El Conde, resulta inevitable pensar en él. En su casa junto a la carretera. En el almacén convertido en hogar. En los muebles que aún conservan su memoria. En las historias que siguen circulando entre quienes lo conocieron.

Algunas personas abandonan los lugares.

Otras permanecen.

Andrew pertenece a estas últimas.

Porque hay seres humanos cuya presencia no desaparece cuando dejan de estar físicamente.

Simplemente se integra al paisaje.

Y así, entre el verde del valle, el polvo del desierto, el sonido lejano de la Panamericana y los recuerdos de quienes compartieron un tramo del camino con él, Andrew Mitchell continúa habitando El Conde.

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