Versión 1
Mery, la Sambita con carácter
Hoy se cumple un año de la partida de mi tía Mery, nuestra querida Sambita.
Al recordarla, vienen a mi memoria muchas imágenes. La veo cantando en los cumpleaños familiares, emocionándonos con esa voz sincera que parecía salir directamente del corazón. La veo contando historias durante horas, relatando anécdotas de otros tiempos con una memoria prodigiosa y una gracia natural que atrapaba a quien quisiera escucharla. Y la veo también como era realmente: una mujer de carácter firme, incapaz de dejarse doblegar por nadie.
Mery no tuvo una vida fácil. Compartió muchos años junto a su esposo Enio, vivió tiempos difíciles, quedó viuda y enfrentó desafíos que habrían desanimado a cualquiera. Sin embargo, jamás permitió que las adversidades apagaran su espíritu. Conservó siempre una alegría espontánea, una gran fortaleza interior y un cariño sincero por su familia y por la gente que la rodeaba.
Era una mujer muy querida. En el hospital, en las instituciones donde participaba, entre vecinos y amigos, todos la conocían por su trato amable, su simpatía y esa capacidad tan especial de conectar con las personas. Tenía el raro don de hacer sentir cómodos a quienes la rodeaban.
Pero también tenía genio. Y vaya que lo tenía. Decía lo que pensaba, defendía sus convicciones y no se dejaba imponer nada. Recuerdo especialmente el homenaje que sus hijos y nietos le organizaron cuando cumplió 90 años. Algunos sugerían cambiar la fecha para acomodar mejor a todos los invitados, pero ella fue categórica: “Mi cumpleaños es tal día, y se celebra tal día”. Así era Mery.
Durante aquella celebración ocurrió una escena que nunca olvidaré. Mientras le cantaban el cumpleaños, el coro comenzó a desentonar un poco. De pronto, con una energía que parecía desafiar los años, empezó a aplaudir y a cantar con fuerza, levantando la canción y contagiando a todos los presentes. Yo estaba frente a ella, grabando el momento. Sonreí para mis adentros porque reconocí inmediatamente ese gesto tan suyo. Era imposible que se quedara como simple espectadora.
También recuerdo con emoción una visita que realizó a Lima en mayo de 2010 para acompañar a mi madre, Piedad, durante su tratamiento. A Mery nunca le gustaron demasiado los viajes ni las grandes ciudades, pero fue porque su hermana la necesitaba. En aquella ocasión le dedicó una canción. Cuatro meses después, mi madre partiría. Hoy ese video tiene para mí un valor inmenso, porque conserva el cariño entre dos hermanas que compartieron tanto a lo largo de sus vidas.
Quienes la conocimos sabemos que detrás de sus bromas, de sus canciones y de su carácter había una mujer profundamente generosa. Muchas veces tendió la mano cuando alguien de la familia atravesaba dificultades. Era de esas personas que aparecían cuando realmente hacían falta.
Y cómo olvidar sus frases. Todavía parece resonar en mi memoria aquella expresión tan suya cuando uno tardaba en llamarla:
“¡Recién te acuerdas, perroooo!”
Hoy la recuerdo así. Cantando. Riéndose. Contando historias. Defendiendo sus ideas. Haciendo sentir su presencia en cualquier reunión familiar.
Porque si algo nos enseñó Mery es que una vida no se mide por los años que se viven, sino por el cariño que se deja sembrado en los demás.
Y de ese cariño, Sambita querida, nos dejaste muchísimo.
Hasta siempre.
Versión 2
Mery Rivera de Badoino, nuestra Sambita
Hoy, al cumplirse un año de la partida de mi tía Mery, no quiero hablar únicamente de su ausencia. Quiero recordar la vida intensa, alegre y valiente que tuvo.
Mery Rivera nació en una familia numerosa, hija de Mariano Rivera. Compartió su infancia junto a sus hermanas Piedad, Julia, Deny y Carmela, y su hermano Jesús. Creció entre chacras, árboles frutales, burros y ríos, en una época en que la vida era sencilla pero exigente.
Mi madre siempre decía que Mery era intrépida. Le gustaba montar burros, trepar árboles para recoger fruta y cruzar ríos sin temor. Jugaba con la misma libertad que los muchachos y desde niña mostraba el carácter decidido que la acompañaría toda su vida.
La vida la golpeó temprano. Su padre Mariano falleció cuando ella tenía apenas doce años. Aquella pérdida marcó a toda la familia, pero también contribuyó a forjar en ella una fortaleza que nunca la abandonó.
Años después se casó con Enio Badoino, hermano de mi padre, Tololito. Curiosamente, los hermanos se casaron con las hermanas: Enio con Mery y Tololito con Piedad. Así quedaron unidas dos familias para siempre.
Mery y Enio vivieron en el antiguo Molino durante sus primeros años de matrimonio. No siempre fue una vida fácil. Enio tenía una personalidad muy distinta a la de mi padre y, como suele ocurrir en toda familia, hubo dificultades y desafíos. Sin embargo, Mery supo salir adelante con la misma firmeza que había demostrado desde niña.
Fue profesora de manualidades en Toquepala. Y aunque su especialidad eran los trabajos manuales, quienes la recuerdan no hablan únicamente de lo que enseñaba con las manos, sino de lo que enseñaba con el ejemplo.
En septiembre de 2023 recibió un reconocimiento muy especial de los exalumnos de la promoción 1976 del Colegio Gregorio Albarracín de Toquepala. En la placa se lee que fue una guía permanente en su formación y que les inculcó valores y virtudes para ser personas de bien. No existe reconocimiento más valioso para una maestra que ser recordada con gratitud después de casi cincuenta años.
Pero si algo distinguía a Mery era su personalidad.
Era directa, sincera y sin rodeos. Si algo le parecía bien, lo decía. Y si algo no le gustaba, también.
Tenía frases que quedaron grabadas en la memoria familiar.
Cuando uno demoraba en llamarla, respondía:
—"¡Recién te acuerdas, perroooo!"
Cuando veía a alguno de sus sobrinos, solía decir:
—"¡Qué buen mozo!" —"¡Qué bonita camisa!" —"¡Qué bonita casaca!"
Y cuando alguien no le inspiraba demasiada confianza, soltaba con total naturalidad:
—"Este más pavo..."
Era observadora como pocas personas. Más de una vez me vio hacer algún gesto y me dijo:
—"Has hecho ese gesto igualito a Tololito."
Y tenía razón.
Su memoria era extraordinaria. Podía pasar horas contando historias familiares. Historias de la chacra, del Molino, de Toquepala, de Enio, de mis padres y de una época que hoy parece muy lejana. A mí me encantaba escucharla. Gracias a ella conocí detalles de nuestra historia familiar que probablemente se habrían perdido para siempre.
También fue una gran cantante. En los cumpleaños familiares siempre había un momento en que todos esperaban escucharla cantar. Lo hacía con sentimiento, con sinceridad y con una emoción que llegaba a todos los presentes.
Conservo especialmente un video grabado en Lima en mayo de 2010. Mi madre, Piedad, seguía entonces un tratamiento médico. A Mery no le gustaban mucho los viajes ni las grandes ciudades, pero viajó para acompañarla. En aquella reunión le dedicó una canción. Cuatro meses después, mi madre partiría. Hoy ese video es uno de los recuerdos más valiosos que conserva nuestra familia.
Quienes la conocieron también recuerdan su risa. Era sonora, escandalosa y absolutamente contagiosa. Bastaba escucharla para que todos terminaran sonriendo.
Hasta los noventa años conservó intacta esa energía.
Cuando sus hijos y nietos organizaron su homenaje de cumpleaños, algunos sugerían cambiar la fecha para facilitar la asistencia de los invitados. Ella fue categórica:
—"Mi cumpleaños es tal día y se celebra tal día."
Días antes había enviado un mensaje que resume perfectamente su personalidad:
"Mi cumpleaños es el 06, el que no pueda venir, más vino para mí... ¡salud!"
Así era Mery.
Auténtica.
Espontánea.
Valiente.
Cariñosa.
Dueña de una personalidad imposible de ignorar.
Hoy, al recordarla, no pienso solamente en la mujer que partió hace un año. Pienso en la niña que cruzaba ríos, en la profesora querida por sus alumnos, en la hermana que acompañó a mi madre, en la narradora de historias, en la cantante de los cumpleaños y en la tía que siempre tenía una palabra, una broma o una carcajada para compartir.
Porque algunas personas pasan por la vida.
Y otras dejan huellas.
Mery Rivera de Badoino, nuestra querida Sambita, pertenece sin duda a estas últimas.
Hasta siempre, Sambita. Tu voz, tu risa y tus historias siguen viviendo entre nosotros. ❤️


























