Por : Vittorio Badoino Rivera
A veces pienso que la música nos elige mucho antes de que nosotros la elijamos.
Durante años creí que mi historia con la música había comenzado en alguna radio, en un casete grabado o en una fiesta de juventud. Con el tiempo comprendí que no era así. Mi historia había comenzado mucho antes de mi nacimiento, en un tiempo que sólo conozco por fotografías, relatos familiares y recuerdos heredados.
Quizás comenzó en el viejo molino de Estudian.
https://piedadriverallanos.blogspot.com/2026/06/estuquina-el-molino-donde-echaron.html
Quizás en aquel gramófono que llenaba de sonidos las habitaciones donde mis abuelos construían sus vidas.
Quizás en los discos de Autari girando lentamente mientras el valle seguía el ritmo de las estaciones, las cosechas y el agua que descendía por las acequias.
La música ya estaba allí.
Esperándome.
Muchos años después, mi padre, Vittorio Badoino Acervo, partió a Lima para terminar sus estudios. En aquella ciudad descubrió las peñas criollas, las guitarras nocturnas y las voces que hablaban de amor, nostalgia y ausencia. Los Embajadores Criollos se convirtieron en parte de su vida, como si aquellas canciones le recordaran que siempre existe un lugar al que pertenecemos, incluso cuando estamos lejos.
Luego llegaron los campamentos mineros.
Toquepala.
Cuajone.
Los desiertos inmensos.
Las montañas.
El viento.
Y una familia que crecía en medio de un país que también cambiaba.
Yo fui el menor de los hermanos.
Cuando era niño, mi hermano Jorge, "Tote", me llevaba a recorrer las calles en su Volkswagen Variant rojo. Sonaban Neil Diamond, The Beatles, Creedence Clearwater Revival y Led Zeppelin. Yo apenas entendía las letras, pero ya sentía algo imposible de explicar.
La música tenía una extraña capacidad para transformar el tiempo.
Una canción podía convertir un viaje corto en una aventura.
Una melodía podía quedarse viviendo en la memoria durante décadas.
Todavía hoy ocurre.
Hay canciones que escucho y vuelvo a ser aquel niño.
Hay canciones que abren puertas que creía cerradas para siempre.
En Cuajone descubrí otra verdad.
La música no sólo acompañaba la vida.
También unía a las personas.
Comencé a buscar sonidos nuevos. Casetes que pasaban de mano en mano. Canciones grabadas una y otra vez. Horas enteras escuchando, descubriendo, seleccionando.
Sin darme cuenta, me convertí en el encargado de poner música en las fiestas de los amigos.
No era un trabajo.
Era una forma de compartir felicidad.
Años después llegaría Lima.
Luego Arequipa.
Y con ellas nuevas puertas.
Recuerdo las noches escuchando Doble Nueve y Telestereo. Esperando una canción para grabarla en un casete. Recuerdo enviar aquellas cintas a Moquegua para que mi hermano las hiciera sonar en El Bandido.
Recuerdo también el descubrimiento de la música electrónica.
Fue como contemplar un paisaje desconocido.
No era sólo un género musical.
Era una manera diferente de entender el sonido, el espacio y el encuentro humano.
Comprendí que una pista de baile podía convertirse en algo más que un lugar para bailar.
Podía convertirse en una comunidad.
En una experiencia compartida.
En un pequeño universo donde desaparecían por unas horas las diferencias, los temores y las preocupaciones.
Mientras todo aquello ocurría, la vida seguía enseñándome sus lecciones.
En 1990 perdí a mi padre.
Su ausencia dejó un silencio difícil de describir.
Y sin embargo, con el paso de los años, descubrí que hay personas que nunca se van del todo.
Permanecen en las costumbres.
En los recuerdos.
En las historias que contamos.
Y a veces también permanecen en la música.
Porque cada canción escuchada juntos se convierte en una forma de eternidad.
Quizás por eso seguimos escuchando.
Quizás por eso seguimos reuniéndonos.
Quizás por eso seguimos bailando.
En 2004 nació OM Producciones y con ella nació Somos Libres.
No sabía entonces que aquella primera fiesta sería el comienzo de un viaje de más de dos décadas.
Tampoco imaginaba que artistas provenientes de Corea del Sur, Chile, Argentina, España e Inglaterra llegarían alguna vez a Moquegua.
Ni que personas del norte de Chile, Lima y todo el sur peruano harían suyo este encuentro.
La primera edición reunió cerca de quinientas personas.
Las siguientes reunieron muchas más.
Pero nunca fueron los números lo más importante.
Lo verdaderamente importante era aquello que no podía medirse.
La emoción.
La conexión.
La energía invisible que aparece cuando cientos de personas laten al mismo ritmo.
Con el paso de los años, muchos artistas comenzaron a sentirse en Moquegua como si estuvieran en casa.
Y gran parte de esa sensación tenía un nombre: Piedad Rivera de Badoino.
Mi madre no sólo apoyó cada uno de los proyectos que emprendí. También abrió las puertas de su hogar a muchos de los artistas que llegaban para participar en Somos Libres.
Quienes la conocieron recuerdan especialmente su cocina.
Después de largos viajes, pruebas de sonido y noches de fiesta, era frecuente que los DJs terminaran sentados a su mesa disfrutando de los platos que preparaba con el mismo cariño con el que recibía a cada visitante.
Con el tiempo, varios de ellos comenzaron a llamarla cariñosamente "La Señora Consuelo".
El apodo nació en aquellos años en que sonaba un popular track electrónico, cuya letra repetía una frase que todos recordaban: "Ay ay ay Consuelo..."
https://youtu.be/chPCVzLeuv8?si=W6heoROEOd_i2WJn
La broma se quedó para siempre.
Cada vez que algún artista regresaba a Moquegua preguntaba por ella. No preguntaban únicamente por la fiesta o por el evento. Preguntaban por la Señora Consuelo.
Porque más allá de la música, ella representaba algo que no se encuentra fácilmente en el mundo de los eventos: hospitalidad genuina.
Muchos llegaron como invitados.
Muchos se fueron sintiéndose parte de la familia.
Por eso, cuando pienso en la historia de Somos Libres, no sólo recuerdo escenarios, luces y música.
También recuerdo una mesa servida, una cocina llena de aromas y a mi madre sonriendo mientras alimentaba a personas que habían llegado desde lugares muy distintos del mundo.
Quizás sin proponérselo, ella terminó convirtiéndose en una de las almas más queridas de esta historia.
Hoy, después de veintidós años, miro hacia atrás y entiendo algo que antes no veía.
Somos Libres nunca fue solamente una fiesta.
Es una conversación entre generaciones.
Es el eco lejano de un gramófono en Estuquiña.
Es la voz de mi padre cantando música criolla en algún rincón de su memoria.
Es el Volkswagen rojo de Tote atravesando las calles de Toquepala con una canción de Creedence sonando en el aire.
Es el adolescente que grababa casetes frente a una radio.
Es el joven que descubrió la música electrónica en Arequipa.
Es cada persona que alguna vez llegó a una edición de Somos Libres buscando algo que quizás ni siquiera sabía nombrar.
Porque al final la música no nos pertenece.
Somos nosotros quienes pertenecemos a ella.
La música estaba aquí antes que nosotros.
Y seguirá aquí cuando ya no estemos.
Nos presta por un instante sus melodías para que podamos encontrarnos, reconocernos y celebrar el milagro de estar vivos.
Tal vez esa sea la verdadera libertad.
Y tal vez por eso, después de tantos años, seguimos llamándonos Somos Libres.





























