Por: Vittorio Badoino Rivera
Al cumplirse un año de la partida de mi tía Mery, no quiero hablar únicamente de su ausencia. Quiero recordar la vida intensa, alegre y valiente que tuvo.
Mery Rivera Llanos nació en una familia numerosa, hija de Mariano Rivera y Virgilia Lanos. Compartió su infancia junto a sus hermanas Piedad, Julia, Deny y Carmela, Jesús y Óscar. Creció entre chacras, árboles frutales, animales y ríos, en una época en que la vida era sencilla pero exigente.
Mi madre siempre decía que Mery era intrépida. Le gustaba montar burros, trepar árboles para recoger fruta y cruzar ríos sin temor. Jugaba con la misma libertad que los muchachos y desde niña mostraba el carácter decidido que la acompañaría toda su vida.
La vida la golpeó temprano. Su padre Mariano falleció cuando ella tenía apenas doce años. Aquella pérdida marcó a toda la familia, pero también contribuyó a forjar en ella una fortaleza que nunca la abandonó.
Años después se casó con Enio Badoino, hermano de mi padre. Curiosamente, los hermanos se casaron con las hermanas: Enio con Mery y Vittorio con Piedad. Así quedaron unidas dos familias para siempre.
Mery y Enio vivieron en el antiguo Molino durante sus primeros años de matrimonio. No siempre fue una vida fácil, hubo dificultades y desafíos. Sin embargo, Mery supo salir adelante con la misma firmeza que había demostrado desde niña.
Fue profesora de manualidades en Toquepala y Moquegua. Y aunque su especialidad eran los trabajos manuales, quienes la recuerdan no hablan únicamente de lo que enseñaba con las manos, sino de lo que enseñaba con el ejemplo.
En septiembre de 2023 recibió un reconocimiento muy especial de los exalumnos de la promoción 1976 del Colegio Gregorio Albarracín de Toquepala. En la placa se lee que fue una guía permanente en su formación y que les inculcó valores y virtudes para ser personas de bien. No existe reconocimiento más valioso para una maestra que ser recordada con gratitud después de casi cincuenta años.
La cocina también era su lenguaje de amor.
Quien tuvo la suerte de sentarse a su mesa difícilmente olvidará sus platos. Mery era una cocinera extraordinaria, heredera de la cocina tradicional moqueguana. Preparaba con maestría el sopiado de mondongo, el sancochado y chuño frito, la caigua rellena y tantos otros potajes de antaño que hoy forman parte del patrimonio gastronómico de nuestra tierra.
En la cocina era tan auténtica como en su carácter. Defendía con firmeza las recetas tradicionales moqueguanas y no aceptaba que se alteraran con ingredientes ajenos o atajos modernos. Para ella, un plato debía conservar el sabor con el que había sido heredado. Si alguien proponía cambiar una receta, probablemente recibiría una respuesta inmediata. Mery entendía que cocinar también era preservar la memoria de un pueblo.
Tenía frases que quedaron grabadas en la memoria familiar.
Cuando uno demoraba en llamarla, respondía:
—"¡Recién te acuerdas, perroooo!"
Cuando veía a alguno de sus sobrinos, solía decir:
—"¡Qué buen mozo!" —"¡Qué bonita camisa!" —"¡Qué bonita casaca!"
Y cuando alguien no le inspiraba demasiada confianza, soltaba con total naturalidad:
—"Este es más pavo..."
Era observadora como pocas personas. Más de una vez me vio hacer algún gesto y me dijo:
—"Has hecho ese gesto igualito a Tololito."
Y tenía razón.
Su memoria era extraordinaria. Podía pasar horas contando historias familiares. Historias de la chacra, del Molino, de Toquepala, de Enio, de mis padres y de una época que hoy parece muy lejana. A mí me encantaba escucharla. Gracias a ella conocí detalles de nuestra historia familiar que probablemente se habrían perdido para siempre.
También fue una gran cantante. En los cumpleaños familiares siempre había un momento en que todos esperaban escucharla cantar. Lo hacía con sentimiento, con sinceridad y con una emoción que llegaba a todos los presentes.
Cuando cumplí cincuenta años reuní a mi familia para celebrarlo. Mery no fue una invitada más. Con la naturalidad que siempre la caracterizó, tomó las riendas de la ceremonia, animó el encuentro y convirtió la reunión en un momento inolvidable. Al final, me dedicó una canción. Era su manera de abrazar a quienes quería. No necesitaba grandes discursos; bastaba su voz para decir lo que llevaba en el corazón.
Conservo especialmente un video grabado en Lima en mayo de 2010. Mi madre, Piedad, seguía entonces un tratamiento médico. A Mery no le gustaban mucho los viajes ni las grandes ciudades, pero viajó para acompañarla. En aquella reunión le dedicó una canción. Cuatro meses después, mi madre partiría. Hoy ese video es uno de los recuerdos más valiosos que conserva nuestra familia.
La música no era un pasatiempo para Mery. Era su forma de acompañar, de agradecer y de querer.
Quienes la conocieron también recuerdan su risa. Era sonora, escandalosa y absolutamente contagiosa. Bastaba escucharla para que todos terminaran sonriendo.
Más de noventa años conservó intacta esa energía.
Cuando sus hijos y nietos organizaron su homenaje de cumpleaños, algunos sugerían cambiar la fecha para facilitar la asistencia de los invitados. Ella fue categórica:
Este acto resume perfectamente su personalidad:
Así era Mery:
Auténtica.
Directa.
Espontánea.
Valiente.
Cariñosa.
Hoy, al recordarla, no pienso solamente en la mujer que partió hace un año. Pienso en la niña que cruzaba ríos, en la profesora querida por sus alumnos, en la hermana que acompañó a mi madre, en la narradora de historias, en la cantante de los cumpleaños y en la tía que siempre tenía una palabra, una broma o una carcajada para compartir.
Porque algunas personas pasan por la vida.
Y otras dejan huellas.
Mery Rivera de Badoino, nuestra querida Sambita, pertenece sin duda a estas últimas.
Hasta siempre, Sambita. Tu voz, tu risa y tus historias siguen viviendo entre nosotros. ❤️































