Ayer volví de Ilo en la moto.
Como casi siempre, no tomé la carretera principal. Hay algo en las rutas alternas que me atrae más que la pista recta y rápida. Quizá sea el silencio, quizá la sensación de estar atravesando lugares olvidados, o tal vez simplemente esa necesidad de sentir el viaje de verdad y no solo llegar.
Entré por el Algarrobal y seguí hasta la quebrada de Loreto. Desde ahí tomé una trocha que, según dicen, era parte de la antigua carretera. Cada vez que paso por ahí imagino camiones viejos, viajeros de otra época y caminos abiertos a pura insistencia humana entre el desierto.
La trocha finalmente conecta con la pista cerca de las dunas de salinas. El paisaje en esa zona siempre me impresiona: arena infinita, montañas secas, silencio y viento. Uno siente que cualquier problema mecánico puede convertirse rápidamente en algo serio.
Y justamente ahí empezó todo.
A pocos kilómetros antes del cruce de Hospicio sentí unos tirones extraños en la moto. Bajé y vi la llanta trasera completamente en el suelo.
—Asu… —pensé.
En ese instante aparecieron todos esos pensamientos inútiles que siempre llegan tarde: debí cambiar la llanta antes del viaje, debí traer el inflador portátil que recién me había llegado de Temu, debí revisar mejor la cámara.
Pero cuando uno está solo en medio del desierto, el “debí” no sirve para nada. Solo queda resolver.
Recordé que algunos kilómetros más adelante, subiendo la cuesta de Hospicio, había un llantero. Llegué como pude. Solo encontré a una señora y unos perros.
—¿El maestro? —pregunté.
—No está —respondió.
Le expliqué que la llanta estaba vacía y le pedí aire. Me miró con desconfianza al principio, quizá porque aparecer cubierto de polvo y preocupado en medio de la tarde no inspira demasiada confianza. Finalmente me ayudó. Inflé la llanta al máximo. La pérdida seguía ahí, pero al menos tenía una oportunidad.
Le di un sol a la señora, me subí rápido y avancé.
Durante unos kilómetros funcionó. Iba a unos 80 km/h tratando de ganar distancia antes de que volviera a vaciarse. Pero después de unos cinco kilómetros la moto empezó nuevamente a sentirse pesada atrás. La llanta volvía a morir.
Entonces empecé a pensar en objetivos pequeños.
“No tengo que llegar a Moquegua. Solo tengo que llegar a la curva del Soldado”.
Ese cruce, el que baja hacia Espejos y el valle bajo, se convirtió en mi única meta mental. Pero todavía faltaban varios kilómetros.
Ahí empezó realmente el suplicio.
Saqué unas sogas que llevaba entre las cosas y empecé a amarrar la llanta al aro para que no se saliera completamente. No tenía cuchillo ni tijera. Solo herramientas y un encendedor tipo soplete. Con fuego fui cortando las sogas en partes para improvisar amarres.
Cuando terminé, avancé por la berma de tierra al costado de la pista a unos 10 km/h.
El tiempo cambió completamente.
A esa velocidad el desierto se vuelve enorme. Cada piedra se siente. Cada metro parece eterno.
Me demoré casi una hora en llegar al cruce del Soldado.
Ahí me detuve un momento. Desde ese sector puede verse el valle de Moquegua apareciendo en medio del desierto como una especie de espejismo verde. Siempre me ha parecido una vista hermosa, pero esta vez la miraba diferente: con agotamiento, alivio y preocupación al mismo tiempo.
Revisé la rueda.
Dos sogas ya se habían roto. Solo quedaba una.
La llanta empezaba a deformarse como una pelota aplastada. Otra vez tuve que usar el encendedor para cortar amarres quemados y volver a improvisar. Buscando por el sector encontré alambres tirados. Los recogí como si fueran un tesoro.
Con esos alambres aseguré nuevamente la llanta al aro.
Mi nueva meta era llegar al Conde, cerca de la casa del Gringo Andrew. Pero todavía faltaban kilómetros de camino de tierra pegado al valle.
Y entonces el paisaje empezó a cambiar.
Eran más o menos las 3:30 de la tarde. La luz se volvió dorada. Los árboles del valle contrastaban con las dunas secas del fondo. El desierto parecía encendido por el sol y la campiña respiraba tranquila abajo.
En otro contexto habría sido un paseo hermoso.
Pero yo iba peleando con una moto que se desarmaba lentamente.
Varias veces perros salieron desde chacras cercanas a perseguirme. En una moto normal uno acelera y listo. Pero yo iba prácticamente arrastrando la rueda trasera. Tenía que encontrar el equilibrio exacto entre no destruir completamente la llanta y acelerar lo suficiente para perder a los perros.
En cierto punto los alambres también cedieron.
La llanta ya estaba rota. Incluso parte de la cámara comenzó a salirse.
Y ahí apareció otra solución desesperada: usar la misma cámara como amarre para sostener el neumático y evitar que escapara del aro.
No sé exactamente cómo, pero funcionó.
Avancé así hasta llegar finalmente al Conde.
Cuando terminé en la cuyería “Apolo 11”, al costado de la Panamericana, sentí ese agotamiento extraño que mezcla tensión, hambre y alivio. Llamé a mi amigo Klin y a mi hermano Gino. Klin finalmente me recogió en su camioneta.
Y recién ahí entendí que ya estaba fuera del problema.
Después vino el cuy frito, el ruido de la carretera, el atardecer bajando sobre el valle y esa sensación extraña que aparece después de una experiencia difícil: una mezcla entre cansancio profundo y felicidad silenciosa.
Porque al final no recordamos tanto los viajes fáciles.
Recordamos los viajes donde algo salió mal y tuvimos que seguir adelante igual.
Hoy veo la llanta destruida y me río un poco. Pero en ese momento, solo en la carretera, entre el desierto y el valle, cada kilómetro parecía una pequeña batalla.
Y quizá por eso mismo el regreso a casa se sintió tan bien.
Llegar, entrar, ver a Samantha echada tranquila al costado de mi cama… y finalmente descansar.








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