jueves, 25 de junio de 2026

Mery Rivera de Badoino, nuestra Sambita

 Por: Vittorio Badoino Rivera 

Al cumplirse un año de la partida de mi tía Mery, no quiero hablar únicamente de su ausencia. Quiero recordar la vida intensa, alegre y valiente que tuvo.


Mery Rivera Llanos nació en una familia numerosa, hija de Mariano Rivera y Virgilia Lanos. Compartió su infancia junto a sus hermanas Piedad, Julia, Deny y Carmela, Jesús y Óscar. Creció entre chacras, árboles frutales, animales y ríos, en una época en que la vida era sencilla pero exigente.

Mi madre siempre decía que Mery era intrépida. Le gustaba montar burros, trepar árboles para recoger fruta y cruzar ríos sin temor. Jugaba con la misma libertad que los muchachos y desde niña mostraba el carácter decidido que la acompañaría toda su vida.

La vida la golpeó temprano. Su padre Mariano falleció cuando ella tenía apenas doce años. Aquella pérdida marcó a toda la familia, pero también contribuyó a forjar en ella una fortaleza que nunca la abandonó.

Años después se casó con Enio Badoino, hermano de mi padre. Curiosamente, los hermanos se casaron con las hermanas: Enio con Mery y Vittorio con Piedad. Así quedaron unidas dos familias para siempre.

Mery y Enio vivieron en el antiguo Molino durante sus primeros años de matrimonio. No siempre fue una vida fácil, hubo dificultades y desafíos. Sin embargo, Mery supo salir adelante con la misma firmeza que había demostrado desde niña.

Fue profesora de manualidades en Toquepala y Moquegua. Y aunque su especialidad eran los trabajos manuales, quienes la recuerdan no hablan únicamente de lo que enseñaba con las manos, sino de lo que enseñaba con el ejemplo.

En septiembre de 2023 recibió un reconocimiento muy especial de los exalumnos de la promoción 1976 del Colegio Gregorio Albarracín de Toquepala. En la placa se lee que fue una guía permanente en su formación y que les inculcó valores y virtudes para ser personas de bien. No existe reconocimiento más valioso para una maestra que ser recordada con gratitud después de casi cincuenta años.

La cocina también era su lenguaje de amor.

Quien tuvo la suerte de sentarse a su mesa difícilmente olvidará sus platos. Mery era una cocinera extraordinaria, heredera de la cocina tradicional moqueguana. Preparaba con maestría el sopiado de mondongo, el sancochado y chuño frito, la caigua rellena y tantos otros potajes de antaño que hoy forman parte del patrimonio gastronómico de nuestra tierra.

En la cocina era tan auténtica como en su carácter. Defendía con firmeza las recetas tradicionales moqueguanas y no aceptaba que se alteraran con ingredientes ajenos o atajos modernos. Para ella, un plato debía conservar el sabor con el que había sido heredado. Si alguien proponía cambiar una receta, probablemente recibiría una respuesta inmediata. Mery entendía que cocinar también era preservar la memoria de un pueblo.


Tenía frases que quedaron grabadas en la memoria familiar.

Cuando uno demoraba en llamarla, respondía:

—"¡Recién te acuerdas, perroooo!"

Cuando veía a alguno de sus sobrinos, solía decir:

—"¡Qué buen mozo!" —"¡Qué bonita camisa!" —"¡Qué bonita casaca!"

Y cuando alguien no le inspiraba demasiada confianza, soltaba con total naturalidad:

—"Este es más pavo..."

Era observadora como pocas personas. Más de una vez me vio hacer algún gesto y me dijo:

—"Has hecho ese gesto igualito a Tololito."

Y tenía razón.

Su memoria era extraordinaria. Podía pasar horas contando historias familiares. Historias de la chacra, del Molino, de Toquepala, de Enio, de mis padres y de una época que hoy parece muy lejana. A mí me encantaba escucharla. Gracias a ella conocí detalles de nuestra historia familiar que probablemente se habrían perdido para siempre.


También fue una gran cantante. En los cumpleaños familiares siempre había un momento en que todos esperaban escucharla cantar. Lo hacía con sentimiento, con sinceridad y con una emoción que llegaba a todos los presentes.


Cuando cumplí cincuenta años reuní a mi familia para celebrarlo. Mery no fue una invitada más. Con la naturalidad que siempre la caracterizó, tomó las riendas de la ceremonia, animó el encuentro y convirtió la reunión en un momento inolvidable. Al final, me dedicó una canción. Era su manera de abrazar a quienes quería. No necesitaba grandes discursos; bastaba su voz para decir lo que llevaba en el corazón.

Conservo especialmente un video grabado en Lima en mayo de 2010. Mi madre, Piedad, seguía entonces un tratamiento médico. A Mery no le gustaban mucho los viajes ni las grandes ciudades, pero viajó para acompañarla. En aquella reunión le dedicó una canción. Cuatro meses después, mi madre partiría. Hoy ese video es uno de los recuerdos más valiosos que conserva nuestra familia.

La música no era un pasatiempo para Mery. Era su forma de acompañar, de agradecer y de querer.

Quienes la conocieron también recuerdan su risa. Era sonora, escandalosa y absolutamente contagiosa. Bastaba escucharla para que todos terminaran sonriendo.

Más de noventa años conservó intacta esa energía.

Cuando sus hijos y nietos organizaron su homenaje de cumpleaños, algunos sugerían cambiar la fecha para facilitar la asistencia de los invitados. Ella fue categórica:


Durante aquella celebración ocurrió una escena que nunca olvidaré. Mientras le cantaban el cumpleaños, el coro comenzó a desentonar un poco. De pronto, con una energía que parecía desafiar los años, empezó a aplaudir y a cantar con fuerza, levantando la canción y contagiando a todos los presentes. Yo estaba frente a ella, grabando el momento. Sonreí para mis adentros porque reconocí inmediatamente ese gesto tan suyo. Era imposible que se quedara como simple espectadora.
Cumpleaños 90

Este acto resume perfectamente su personalidad:

Así era Mery:

Auténtica.

Directa.

Espontánea.

Valiente.

Cariñosa.

Hoy, al recordarla, no pienso solamente en la mujer que partió hace un año. Pienso en la niña que cruzaba ríos, en la profesora querida por sus alumnos, en la hermana que acompañó a mi madre, en la narradora de historias, en la cantante de los cumpleaños y en la tía que siempre tenía una palabra, una broma o una carcajada para compartir.

Porque algunas personas pasan por la vida.

Y otras dejan huellas.

Mery Rivera de Badoino, nuestra querida Sambita, pertenece sin duda a estas últimas.

Hasta siempre, Sambita. Tu voz, tu risa y tus historias siguen viviendo entre nosotros. ❤️



viernes, 19 de junio de 2026

Somos Libres: la música como destino

 Por : Vittorio Badoino Rivera 

    A veces pienso que la música nos elige mucho antes de que nosotros la elijamos.

Durante años creí que mi historia con la música había comenzado en alguna radio, en un casete grabado o en una fiesta de juventud. Con el tiempo comprendí que no era así. Mi historia había comenzado mucho antes de mi nacimiento, en un tiempo que sólo conozco por fotografías, relatos familiares y recuerdos heredados.

Quizás comenzó en el viejo molino de Estuquiña.

https://piedadriverallanos.blogspot.com/2026/06/estuquina-el-molino-donde-echaron.html

Quizás en aquel gramófono que llenaba de sonidos las habitaciones donde mis abuelos construían sus vidas.

Quizás en los discos de Autari girando lentamente mientras el valle seguía el ritmo de las estaciones, las cosechas y el agua que descendía por las acequias.

La música ya estaba allí.

Esperándome.

Muchos años después, mi padre, Vittorio Badoino Acervo, partió a Lima para terminar sus estudios. En aquella ciudad descubrió las peñas criollas, las guitarras nocturnas y las voces que hablaban de amor, nostalgia y ausencia. Los Embajadores Criollos se convirtieron en parte de su vida, como si aquellas canciones le recordaran que siempre existe un lugar al que pertenecemos, incluso cuando estamos lejos.

Luego llegaron los campamentos mineros.

Toquepala.

Cuajone.

Los desiertos inmensos.

Las montañas.

El viento.

Y una familia que crecía en medio de un país que también cambiaba.

Yo fui el menor de los hermanos.

Cuando era niño, mi hermano Jorge, "Tote", me llevaba a recorrer las calles en su Volkswagen Variant rojo. Sonaban Neil Diamond, The Beatles, Creedence Clearwater Revival y Led Zeppelin. Yo apenas entendía las letras, pero ya sentía algo imposible de explicar.


La música tenía una extraña capacidad para transformar el tiempo.

Una canción podía convertir un viaje corto en una aventura.

Una melodía podía quedarse viviendo en la memoria durante décadas.

Todavía hoy ocurre.

Hay canciones que escucho y vuelvo a ser aquel niño.

Hay canciones que abren puertas que creía cerradas para siempre.

En Cuajone descubrí otra verdad.

La música no sólo acompañaba la vida.

También unía a las personas.

Comencé a buscar sonidos nuevos. Casetes que pasaban de mano en mano. Canciones grabadas una y otra vez. Horas enteras escuchando, descubriendo, seleccionando.

Sin darme cuenta, me convertí en el encargado de poner música en las fiestas de los amigos.


No era un trabajo.

Era una forma de compartir felicidad.

Años después llegaría Lima.

Luego Arequipa.

Y con ellas nuevas puertas.

Recuerdo las noches escuchando Doble Nueve y Telestereo. Esperando una canción para grabarla en un casete. Recuerdo enviar aquellas cintas a Moquegua para que mi hermano las hiciera sonar en El Bandido.

Recuerdo también el descubrimiento de la música electrónica.

Fue como contemplar un paisaje desconocido.

No era sólo un género musical.

Era una manera diferente de entender el sonido, el espacio y el encuentro humano.

Comprendí que una pista de baile podía convertirse en algo más que un lugar para bailar.

Podía convertirse en una comunidad.

En una experiencia compartida.

En un pequeño universo donde desaparecían por unas horas las diferencias, los temores y las preocupaciones.

Mientras todo aquello ocurría, la vida seguía enseñándome sus lecciones.

En 1990 perdí a mi padre.

Su ausencia dejó un silencio difícil de describir.

Y sin embargo, con el paso de los años, descubrí que hay personas que nunca se van del todo.

Permanecen en las costumbres.

En los recuerdos.

En las historias que contamos.

Y a veces también permanecen en la música.

Porque cada canción escuchada juntos se convierte en una forma de eternidad.

Quizás por eso seguimos escuchando.

Quizás por eso seguimos reuniéndonos.

Quizás por eso seguimos bailando.

 

En 2004 nació OM Producciones y con ella nació Somos Libres.

No sabía entonces que aquella primera fiesta sería el comienzo de un viaje de más de dos décadas.

Tampoco imaginaba que artistas provenientes de Corea del Sur, Chile, Argentina, España e Inglaterra llegarían alguna vez a Moquegua.

Ni que personas del norte de Chile, Lima y todo el sur peruano harían suyo este encuentro.

La primera edición reunió cerca de quinientas personas.

Las siguientes reunieron muchas más.

Pero nunca fueron los números lo más importante.

Lo verdaderamente importante era aquello que no podía medirse.

La emoción.

La conexión.

La energía invisible que aparece cuando cientos de personas laten al mismo ritmo.

Con el paso de los años, muchos artistas comenzaron a sentirse en Moquegua como si estuvieran en casa.

Y gran parte de esa sensación tenía un nombre: Piedad Rivera de Badoino.

Mi madre no sólo apoyó cada uno de los proyectos que emprendí. También abrió las puertas de su hogar a muchos de los artistas que llegaban para participar en Somos Libres.

Quienes la conocieron recuerdan especialmente su cocina.

Después de largos viajes, pruebas de sonido y noches de fiesta, era frecuente que los DJs terminaran sentados a su mesa disfrutando de los platos que preparaba con el mismo cariño con el que recibía a cada visitante.

Con el tiempo, varios de ellos comenzaron a llamarla cariñosamente "La Señora Consuelo".

El apodo nació en aquellos años en que sonaba un popular track electrónico, cuya letra repetía una frase que todos recordaban: "Ay ay ay Consuelo..."

https://youtu.be/chPCVzLeuv8?si=W6heoROEOd_i2WJn

La broma se quedó para siempre.

Cada vez que algún artista regresaba a Moquegua preguntaba por ella. No preguntaban únicamente por la fiesta o por el evento. Preguntaban por la Señora Consuelo.

Porque más allá de la música, ella representaba algo que no se encuentra fácilmente en el mundo de los eventos: hospitalidad genuina.

Muchos llegaron como invitados.

Muchos se fueron sintiéndose parte de la familia.

Por eso, cuando pienso en la historia de Somos Libres, no sólo recuerdo escenarios, luces y música.

También recuerdo una mesa servida, una cocina llena de aromas y a mi madre sonriendo mientras alimentaba a personas que habían llegado desde lugares muy distintos del mundo.

Quizás sin proponérselo, ella terminó convirtiéndose en una de las almas más queridas de esta historia.


Hoy, después de veintidós años, miro hacia atrás y entiendo algo que antes no veía.


Somos Libres nunca fue solamente una fiesta.

Es una conversación entre generaciones.

Es el eco lejano de un gramófono en Estuquiña.

Es la voz de mi padre cantando música criolla en algún rincón de su memoria.

Es el Volkswagen rojo de Tote atravesando las calles de Toquepala con una canción de Creedence sonando en el aire.

Es el adolescente que grababa casetes frente a una radio.

Es el joven que descubrió la música electrónica en Arequipa.

Es cada persona que alguna vez llegó a una edición de Somos Libres buscando algo que quizás ni siquiera sabía nombrar.

Porque al final la música no nos pertenece.

Somos nosotros quienes pertenecemos a ella.

La música estaba aquí antes que nosotros.

Y seguirá aquí cuando ya no estemos.

Nos presta por un instante sus melodías para que podamos encontrarnos, reconocernos y celebrar el milagro de estar vivos.

Tal vez esa sea la verdadera libertad.

Y tal vez por eso, después de tantos años, seguimos llamándonos Somos Libres.

martes, 16 de junio de 2026

Estuquiña: el molino donde echaron raíces mis antepasados

Por : Vittorio Badoino Rivera 

    Durante muchos años escuché hablar del Molino de Estuquiña como quien escucha una leyenda familiar. Mi padre, Vittorio Badoino Acervo, recordaba historias de aquel lugar donde habían vivido sus padres, abuelos y tíos. Para mí era un nombre asociado a fotografías antiguas, relatos de sobremesa y recuerdos transmitidos de generación en generación.

Con el tiempo comencé a reconstruir esa historia.

Mi bisabuelo fue Esteban Acervo Asunta, natural de Arquata Scrivia, Italia, un pequeño pueblo del Piamonte situado cerca de Génova. Como miles de italianos de su época, abandonó Europa en busca de nuevas oportunidades y llegó a Sudamérica a través de Chile.

¿Cómo era Arquata Scrivia cuando nació Estévan?

Arquata Scrivia es un pequeño pueblo del norte de Italia, en la provincia de Alessandria, región de Piamonte, muy cerca de Liguria y del puerto de Génova. Históricamente fue un lugar de paso obligado entre el norte de Italia y el mar Mediterráneo, por donde transitaban comerciantes, viajeros y mercancías. 

Está situado en el valle del río Scrivia, rodeado por las estribaciones de los Apeninos. A fines del siglo XIX tenía una economía basada en agricultura, comercio y pequeños oficios, muy distinta a las grandes ciudades industriales. 

Un detalle que podría explicar su viaje.

Arquata se encuentra relativamente cerca de Génova, uno de los principales puertos de emigración de Italia. Entre 1870 y 1914 millones de italianos abandonaron el país debido a la pobreza rural, las crisis agrícolas y la búsqueda de oportunidades en América.

Si Estévan nació hacia fines del siglo XIX, es muy probable que haya partido desde Génova o sus alrededores rumbo a Sudamérica. El hecho de que la tradición familiar diga que llegó por Chile encaja perfectamente con las rutas marítimas de la época. Muchos barcos italianos cruzaban el Atlántico, pasaban por el Estrecho de Magallanes y recalaban en puertos chilenos antes de continuar hacia Perú. 

El mundo que dejó atrás

Arquata Scrivia conserva todavía un aspecto medieval, con callejuelas de piedra, una torre fortificada y construcciones antiguas que dominan el valle. Durante siglos estuvo disputada entre Génova y otros poderes regionales debido a su posición estratégica. 

Cuando veo las fotos de la familia en Estuquiña, imagino que Estévan debió encontrar algo familiar en los valles de Moquegua: agricultura, acequias, molinos y comunidades pequeñas. No sería extraño que el paisaje agrícola de Estuquiña le recordara, aunque de forma mucho más árida, los valles de su juventud en el norte de Italia.

En tierras chilenas conoció a Clotilde Calderón, una mujer chilena que, según la tradición familiar, tenía ascendencia araucana o mapuche. Juntos formaron una familia y posteriormente se establecieron en el sur del Perú.

Los documentos conservados por la familia revelan que ya en 1902 ambos residían en Estuquiña. Ese año comparecieron ante las autoridades de Moquegua para reconocer legalmente a su hija Marina Acervo, nacida el 20 de abril de 1901. En aquella partida de reconocimiento, Esteban aparece registrado como comerciante, natural de Arquata Scrivia y de 46 años de edad. Clotilde, de 33 años, figura como chilena y vecina de Estuquiña.

Años después, Esteban adquiriría el Gran Molino y Fideilería de Estuquiña, convirtiéndolo en uno de los establecimientos más importantes de la zona. Un antiguo aviso publicitario de la época todavía anuncia la venta de trigos y harinas bajo su nombre.

Las fotografías familiares permiten asomarse a aquel mundo desaparecido. En una de ellas aparecen Esteban y Clotilde junto a sus hijos Octavio, Marina y Autari. En otra se observa el interior del molino funcionando, con sus enormes piedras de molienda, correas y engranajes en pleno trabajo.

Pero el molino no fue solamente una empresa. También fue un hogar.

Entre las reliquias familiares se conserva un antiguo gramófono Victrola y varios discos pertenecientes a Autari E. Acervo C., uno de los hijos de Esteban y Clotilde. Uno de ellos contiene una grabación del célebre tenor italiano Enrico Caruso. Resulta inevitable imaginar a la familia reunida en las noches de Estuquiña escuchando música mientras el molino descansaba después de la jornada.


Con el paso de los años, Marina Acervo formó su propia familia. Entre sus hijos estuvo Vittorio Badoino Acervo, mi padre. Algunas fotografías lo muestran siendo apenas un niño junto a su hermano Enio, jugando entre los jardines y huertos de la propiedad.

La historia también tuvo sus tristezas. Autari falleció en 1942, antes que sus propios padres. Sin embargo, su nombre sigue vivo en los discos que conservó la familia y que han llegado hasta nuestros días.

Esteban y Clotilde permanecieron en Estuquiña hasta sus últimos años. Sus tumbas en el cementerio de Moquegua son hoy un recordatorio silencioso de una vida de esfuerzo y trabajo. Un inmigrante italiano y una mujer chilena que construyeron su hogar en el valle moqueguano y dejaron una huella que aún perdura entre sus descendientes.

Más de un siglo después, las fotografías, los documentos, los discos y los recuerdos familiares me han permitido reconstruir parte de esa historia.

Cuando visito Estuquiña ya no veo solamente un antiguo molino. Veo el lugar donde mis antepasados trabajaron, formaron una familia, escucharon música, criaron a sus hijos y construyeron un futuro.

Y comprendo que la historia del Molino de Estuquiña es también la historia de mi familia.

miércoles, 10 de junio de 2026

Al calor del fogón en Escapalaque

Por: Vittorio Badoino Rivera 

 La mañana comenzó con una idea sencilla: preparar una cazuela. Pero como ocurre a menudo en Moquegua, las cosas sencillas terminan convirtiéndose en recuerdos que permanecen por mucho tiempo.

El escenario era la bodega Don Camilo, en el fundo Escapalaque, Alto La Villa. Un lugar especial para mí no solo por su historia, sino también por los vínculos familiares que me unen a él. Don Camilo Valdivia Rivera, padre de Diana, pertenece a la rama Rivera de mi familia, la misma de mi madre.

Escapalaque es mucho más que una bodega. Es un rincón histórico del valle moqueguano donde aún sobreviven antiguas tinajas que datan del siglo XVII, testigos silenciosos de generaciones de agricultores, viñateros y familias que han vivido al ritmo de las cosechas y las vendimias. Probablemente sea una de las bodegas más antiguas que continúan en funcionamiento en la ciudad.

Aquella mañana encendimos el fogón de leña y comenzamos la preparación de la cazuela. Primero doré las presas de pollo con ajo, sal, pimienta y cebolla picada. Cuando el aderezo estuvo en su punto incorporé el ají amarillo y un pequeño chorro de Syrah de la propia bodega Don Camilo. El vino se mezcló con los aromas del aderezo y terminó formando parte del alma del plato.

Luego llegaron las papas, las zanahorias, el apio, el cilantro y los choclos. Las alberjitas fueron reservadas para el final. La olla comenzó a hervir lentamente mientras la leña hacía su trabajo, sin apuros ni relojes.

Mientras la cazuela se cocinaba recorrimos la huerta ubicada en las laderas de la chacra, una especie de andenería que asciende por el cerro aprovechando cada espacio cultivable. Allí crecen paltos, naranjos, guayabos, pomarosas y ciruelos. Pero las verdaderas protagonistas de la temporada eran las chirimoyas.

Recoger una chirimoya madura directamente del árbol sigue siendo uno de esos pequeños privilegios que el campo todavía conserva. Dulces, perfumadas y generosas, parecían resumir la riqueza agrícola del valle en una sola fruta.

La bodega también tenía sus propios habitantes. Preta, una imponente fila brasileño atigrada, vigilaba los alrededores con la serenidad de quien conoce perfectamente su territorio. Una pequeña perrita negra nos acompañaba durante los recorridos por la chacra, mientras una gata naranja, llegada misteriosamente hacía unos tres años, aparecía y desaparecía entre patios y corredores como si hubiera vivido allí toda la vida.


Cuando la cazuela estuvo lista, saqué la gran olla del fogón y la llevé hasta la mesa. El aroma llenó la cocina. Servimos cada plato con cilantro fresco picado, limón y rocoto torateño.

La conversación fue tomando el lugar de la cocina. Entonces Diana apareció con una botella de Syrah de la casa. Las copas comenzaron a llenarse mientras seguíamos hablando de la familia, de Moquegua, de historias antiguas y de amigos comunes.

Poco después llegó George con un parlante bajo el brazo. No tardaron en sonar las primeras canciones de Creedence Clearwater Revival. La música se mezcló con el vino, las conversaciones y la tranquilidad de la tarde.

Y entonces apareció la magia que siempre encuentro en la campiña moqueguana.

Pasadas las tres de la tarde, la luz comenzó a transformarse. Los cerros áridos adquirieron tonos cobrizos. Las chacras parecían más verdes. Los árboles frutales proyectaban sombras largas sobre los caminos. Todo el valle se cubrió de un dorado imposible de reproducir en una fotografía.

Siempre he pensado que los atardeceres moqueguanos son incomparables. No solo por sus colores, sino porque parecen detener el tiempo. La campiña adquiere una tonalidad especial que invita a la conversación tranquila y a la contemplación.

Mientras observaba aquella luz dorada sobre Escapalaque recordé un texto escrito por mi madre, Piedad Rivera de Badoino. Años después de su partida decidí reunir sus escritos en un blog con su nombre. Entre ellos se encuentra una evocación de las antiguas cocinas moqueguanas, de los fogones de leña y de las reuniones familiares alrededor de la mesa.

Aquella tarde comprendí que sus palabras seguían vivas.

No estaban solamente en una página escrita años atrás. Estaban en la olla que había hervido sobre el fogón. En el vino servido entre amigos. En las chirimoyas recién cosechadas. En la vieja bodega de nuestros parientes. En la música sonando mientras caía la tarde.

Las antiguas tinajas de Escapalaque han visto pasar siglos de historia. Han presenciado cosechas, celebraciones, despedidas y encuentros familiares. Aquella tarde fueron testigos de una historia más.

Cuando emprendimos el regreso, Creedence seguía sonando suavemente. Sobre la mesa quedaban algunas copas vacías y los restos de las últimas chirimoyas compartidas.

Pensé entonces que la riqueza de Moquegua no está solamente en sus vinos, en sus frutas o en sus paisajes.

Está en momentos como este.

Una cazuela cocinada a leña. Un vino nacido en el valle. Amigos alrededor de una mesa. Y la certeza de que algunas tradiciones siguen vivas porque todavía hay quienes están dispuestos a vivirlas.