Por : Vittorio Badoino Rivera
Durante muchos años escuché hablar del Molino de Estuquiña como quien escucha una leyenda familiar. Mi padre, Vittorio Badoino Acervo, recordaba historias de aquel lugar donde habían vivido sus padres, abuelos y tíos. Para mí era un nombre asociado a fotografías antiguas, relatos de sobremesa y recuerdos transmitidos de generación en generación.
Con el tiempo comencé a reconstruir esa historia.
Mi bisabuelo fue Esteban Acervo Asunta, natural de Arquata Scrivia, Italia, un pequeño pueblo del Piamonte situado cerca de Génova. Como miles de italianos de su época, abandonó Europa en busca de nuevas oportunidades y llegó a Sudamérica a través de Chile.
¿Cómo era Arquata Scrivia cuando nació Estévan?
Arquata Scrivia es un pequeño pueblo del norte de Italia, en la provincia de Alessandria, región de Piamonte, muy cerca de Liguria y del puerto de Génova. Históricamente fue un lugar de paso obligado entre el norte de Italia y el mar Mediterráneo, por donde transitaban comerciantes, viajeros y mercancías.
Está situado en el valle del río Scrivia, rodeado por las estribaciones de los Apeninos. A fines del siglo XIX tenía una economía basada en agricultura, comercio y pequeños oficios, muy distinta a las grandes ciudades industriales.
Un detalle que podría explicar su viaje.
Arquata se encuentra relativamente cerca de Génova, uno de los principales puertos de emigración de Italia. Entre 1870 y 1914 millones de italianos abandonaron el país debido a la pobreza rural, las crisis agrícolas y la búsqueda de oportunidades en América.
Si Estévan nació hacia fines del siglo XIX, es muy probable que haya partido desde Génova o sus alrededores rumbo a Sudamérica. El hecho de que la tradición familiar diga que llegó por Chile encaja perfectamente con las rutas marítimas de la época. Muchos barcos italianos cruzaban el Atlántico, pasaban por el Estrecho de Magallanes y recalaban en puertos chilenos antes de continuar hacia Perú.
El mundo que dejó atrás
Arquata Scrivia conserva todavía un aspecto medieval, con callejuelas de piedra, una torre fortificada y construcciones antiguas que dominan el valle. Durante siglos estuvo disputada entre Génova y otros poderes regionales debido a su posición estratégica.
Cuando veo las fotos de la familia en Estuquiña, imagino que Estévan debió encontrar algo familiar en los valles de Moquegua: agricultura, acequias, molinos y comunidades pequeñas. No sería extraño que el paisaje agrícola de Estuquiña le recordara, aunque de forma mucho más árida, los valles de su juventud en el norte de Italia.
En tierras chilenas conoció a Clotilde Calderón, una mujer chilena que, según la tradición familiar, tenía ascendencia araucana o mapuche. Juntos formaron una familia y posteriormente se establecieron en el sur del Perú.
Los documentos conservados por la familia revelan que ya en 1902 ambos residían en Estuquiña. Ese año comparecieron ante las autoridades de Moquegua para reconocer legalmente a su hija Marina Acervo, nacida el 20 de abril de 1901. En aquella partida de reconocimiento, Esteban aparece registrado como comerciante, natural de Arquata Scrivia y de 46 años de edad. Clotilde, de 33 años, figura como chilena y vecina de Estuquiña.
Años después, Esteban adquiriría el Gran Molino y Fideilería de Estuquiña, convirtiéndolo en uno de los establecimientos más importantes de la zona. Un antiguo aviso publicitario de la época todavía anuncia la venta de trigos y harinas bajo su nombre.
Las fotografías familiares permiten asomarse a aquel mundo desaparecido. En una de ellas aparecen Esteban y Clotilde junto a sus hijos Octavio, Marina y Autari. En otra se observa el interior del molino funcionando, con sus enormes piedras de molienda, correas y engranajes en pleno trabajo.
Pero el molino no fue solamente una empresa. También fue un hogar.
Entre las reliquias familiares se conserva un antiguo gramófono Victrola y varios discos pertenecientes a Autari E. Acervo C., uno de los hijos de Esteban y Clotilde. Uno de ellos contiene una grabación del célebre tenor italiano Enrico Caruso. Resulta inevitable imaginar a la familia reunida en las noches de Estuquiña escuchando música mientras el molino descansaba después de la jornada.
Con el paso de los años, Marina Acervo formó su propia familia. Entre sus hijos estuvo Vittorio Badoino Acervo, mi padre. Algunas fotografías lo muestran siendo apenas un niño junto a su hermano Enio, jugando entre los jardines y huertos de la propiedad.
La historia también tuvo sus tristezas. Autari falleció en 1942, antes que sus propios padres. Sin embargo, su nombre sigue vivo en los discos que conservó la familia y que han llegado hasta nuestros días.
Esteban y Clotilde permanecieron en Estuquiña hasta sus últimos años. Sus tumbas en el cementerio de Moquegua son hoy un recordatorio silencioso de una vida de esfuerzo y trabajo. Un inmigrante italiano y una mujer chilena que construyeron su hogar en el valle moqueguano y dejaron una huella que aún perdura entre sus descendientes.
Más de un siglo después, las fotografías, los documentos, los discos y los recuerdos familiares me han permitido reconstruir parte de esa historia.
Cuando visito Estuquiña ya no veo solamente un antiguo molino. Veo el lugar donde mis antepasados trabajaron, formaron una familia, escucharon música, criaron a sus hijos y construyeron un futuro.
Y comprendo que la historia del Molino de Estuquiña es también la historia de mi familia.







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