martes, 22 de septiembre de 2026

Michifus, antes de dormir

La fogata se va quedando pequeña.

Afuera está el mar, oscuro, interminable, golpeando la orilla con ese ritmo antiguo que parece no pertenecerle a nadie. Y yo estoy aquí, dentro de esta pequeña carpa iluminada, después de una noche de pesca, pensando en un gato que alguna vez estuvo conmigo frente al mismo mar.

Michifus.

Quizá eso sea la vida: una sucesión de encuentros que nunca sabemos que serán importantes mientras están ocurriendo.

Uno cree que los momentos grandes serán los que recordará para siempre. Pero con los años descubre que no.

A veces basta una cabeza apoyada sobre una mano.

Una mirada.

Un ronroneo.

Un animal que se acerca sin pedir explicaciones y decide, por alguna razón que solamente él conoce, confiar en nosotros.

Y entonces comprendemos que el amor no siempre llega haciendo ruido.

A veces llega caminando sobre cuatro patas.

Michifus no necesitó decirme nada para dejarme algo que todavía conservo.

Me enseñó, sin saberlo, que querer también es dejar ser. Que acompañar no significa poseer. Que hay seres que pasan por nuestra vida durante un tiempo determinado y que, aunque después tengamos que despedirnos, lo vivido no desaparece con ellos.

Quizá la muerte sea eso que todavía no comprendemos: una puerta que se cierra para quien se va, pero que deja abierta una habitación llena de recuerdos para quien se queda.



Y en esa habitación estás tú, Michifus.

Estás frente al mar.

Estás en aquella fotografía de 2022.

Estás en mis manos.

Estás en las noches en que escucho las olas.

Y estás ahora, mientras escribo esto junto a una fogata, antes de meterme a dormir.

Pero esta noche quiero despedirme de ti de otra manera.

No con tristeza.

No preguntándome dónde estás.

Quiero despedirme agradeciéndote.

Gracias por haber confiado en mí.

Gracias por haberme acompañado.

Gracias por esos momentos que entonces parecían pequeños y que hoy tienen el tamaño de un recuerdo.

Gracias por haber sido simplemente tú.

Porque quizá eso sea lo más hermoso que nos dejan los animales que amamos: no nos enseñan a vivir más; nos enseñan a vivir más intensamente aquello que tenemos delante.

Mañana volverá la luz.

Recogeré la carpa.

Apagaré las últimas brasas.

Volveré al mar, prepararé mis cosas y quizá alguna corvina quiera morder el anzuelo.

La vida continuará, como siempre.

Y está bien que así sea.

Porque amar a alguien no significa quedarse detenido en su ausencia.

Significa poder seguir caminando llevando consigo aquello que nos regaló.

Así que esta noche, Michifus, te digo adiós.

Pero no es un adiós de esos que cierran una historia.

Es el adiós que uno le dice a alguien que ya forma parte de uno.

Duerme tranquilo, viejo amigo.

Yo también voy a dormir.

Y mientras el mar siga respirando allá afuera, voy a pensar que, en algún lugar de esa inmensidad, todavía existe aquella playa donde un hombre y un gato estuvieron juntos frente al océano.

Por última vez te acaricio bajo el mentón.

Por última vez encuentro tus ojos.

Y te digo:

Gracias por haber pasado por mi vida.

Buenas noches, Michifus.

Hasta siempre. 🐾🌊🔥

viernes, 11 de septiembre de 2026

El gato del jardín / Un encuentro en Villa Cuajone

Hay recuerdos de la infancia que con los años se vuelven borrosos. Otros, en cambio, permanecen intactos, como si el tiempo hubiera decidido no tocarlos.

Este es uno de ellos.

Viví en Villa Cuajone entre 1978 y 1987. Nuestra casa estaba en la calle Arequipa 114, y tenía un jardín amplio donde mi padre solía celebrar sus cumpleaños. Más allá del jardín había un barranco descampado y, hacia el horizonte, se veía la carretera que comunicaba con Moquegua y el paisaje de Asana. Torata quedaba hacia el otro lado.


En aquellos años yo era el menor de cinco hermanos. Gino y Aldo, los que me seguían en edad, me llevaban diez y doce años; mis otros dos hermanos eran aún mayores y para entonces ya no vivían con nosotros. Por eso muchas de las cosas que recuerdo de aquella época las viví prácticamente como hijo único, al lado de mis padres.

Mi padre era Don Vittorio.

Había trabajado como jefe de almacenes, primero en Toquepala y después en Cuajone. En Moquegua era un hombre conocido y querido. Muchos lo recuerdan todavía, especialmente quienes alguna vez trabajaron con él. Tenía fama de bonachón, aunque también poseía un carácter bastante peculiar.

Era, como decían mis hermanos, “fosforito”.

Podía enfadarse rápidamente, aunque también se le pasaba rápido.

A mediados de los años ochenta teníamos un jardinero llamado Andrés. Un día nos invitó a su cumpleaños en una chacra de Chuchusquea, cerca de Torata.

A aquella celebración fui solamente con mi padre.

Dejamos la camioneta cerca de la caballeriza y de un circuito de motos que existía por aquellos años. Desde allí tuvimos que caminar casi una hora.

Recuerdo el paisaje, la gente y especialmente el cordero a la piedra.

Pero recuerdo también algo que hoy, con los años, entiendo de otra manera.

La gente miraba a mi padre con mucho respeto. Para ellos era Don Vittorio, el hombre que había trabajado en Toquepala y Cuajone, el jefe de almacenes, pero también el hombre que había ayudado a muchos y que había dejado amigos en el camino.

Al terminar la celebración ya era de noche.

Mi padre iba un poco mareado y nos tocó regresar al campamento. Algunas de las personas que habían estado en el cumpleaños nos acompañaron y prácticamente nos escoltaron de regreso, preocupándose de que llegáramos bien.

Yo era un niño y no entendía completamente lo que aquello significaba.

Hoy sí.

Quizás el verdadero respeto hacia una persona no se mide por su cargo, sino por la cantidad de gente que, después de tantos años, todavía habla de ella con cariño.

Fue durante aquella visita a Chuchusquea que me regalaron dos liebres.

Las llevé a casa y comencé a criarlas en nuestro jardín.

Crecieron, se reprodujeron y poco a poco fueron apareciendo más. El jardín de Arequipa 114 terminó convertido en su pequeño territorio. Yo las cuidaba y las veía correr entre las plantas y el pasto.

Hasta que una noche ocurrió algo que todavía puedo recordar con una claridad extraordinaria.

Habíamos bajado a Moquegua durante el fin de semana y regresamos un domingo bastante tarde.

Ya estaba oscuro, aunque todavía quedaba algo de luz.

Mis padres entraron por la puerta principal de la casa.

Yo fui por la parte de atrás, hacia el jardín donde estaban mis liebres.

Y entonces lo vi.

Un gato enorme.

Estaba en medio del jardín.

No era simplemente un gato grande. En mi recuerdo tenía aproximadamente el tamaño de un perro labrador.

Me quedé mirándolo.

Él me miró a mí.

Y sucedió algo que, incluso hoy, me resulta extraño:

no pude hablar.

No grité.

No llamé a mis padres.

No corrí.

Me quedé completamente paralizado.

No sé cuánto duró aquel momento. Quizás fueron solamente unos segundos. Pero fueron suficientes para que aquella imagen quedara grabada en mi memoria para siempre.

Era un felino grande, de eso estoy seguro.

Con los años he pensado muchas veces que quizás pudo haber sido un puma.

El entorno lo hacía posible. Detrás de nuestra casa había un espacio abierto, un barranco, y más allá se extendía el paisaje árido de la zona. Pero no puedo afirmarlo. Han pasado demasiados años y yo era un niño.

Tal vez la oscuridad hizo que el animal pareciera todavía más grande.

O quizás realmente era tan grande como lo recuerdo.

Lo que nunca he olvidado fue lo que ocurrió después.

El animal se dio vuelta y se dirigió hacia el muro del jardín.

Era un muro bastante alto.

Yo pensé que tendría que bordearlo.

Pero no.

Lo saltó sin ningún esfuerzo.

Como si aquel muro no existiera.

Y desapareció al otro lado, en la oscuridad del descampado.

Yo seguí allí.

No recuerdo haber hecho nada.

Simplemente me quedé mirando el lugar por donde había desaparecido.

Durante años me he preguntado qué fue lo que vi aquella noche.

Quizás fue un puma.

Quizás fue otro felino grande.

Quizás mi memoria infantil hizo más grande al animal con el paso del tiempo.

Pero hay algo que no ha cambiado:

yo estuve allí.

Y recuerdo perfectamente aquella mirada.

Hoy, cuando pienso en Villa Cuajone, no solamente recuerdo las casas, las montañas, la carretera hacia Moquegua o el jardín donde mi padre celebraba sus cumpleaños.

Recuerdo también las liebres que llegaron conmigo desde aquella chacra de Chuchusquea.

Y recuerdo que, una noche, algo salvaje cruzó el límite de mi mundo.

Durante unos segundos, un niño y un enorme felino se quedaron mirándose en silencio.

Después él saltó el muro y desapareció.

Yo nunca supe de dónde había venido.

Tampoco supe adónde fue.

Pero quizás algunos recuerdos no están hechos para ser resueltos.

Algunos simplemente permanecen.

Como aquella noche.

Como aquel jardín.

Como aquellos ojos que todavía puedo ver después de más de cuarenta años.

Nos miramos.

Él se fue.

Pero yo nunca olvidé sus ojos.

Vittorio, mi padre: el hombre que me dejó el mar

I. Los años en Moquegua, Toquepala, las playas de Tacna y el mar de Ilo

Antes de ser minero, antes de ser jefe de almacén, antes de conocer Toquepala y mucho antes de que el mar se convirtiera en una parte inseparable de nuestra familia, hubo un niño.

Mi padre nació en Moquegua.

Su historia comenzó en una tierra muy diferente a aquella que después marcaría buena parte de su vida. Una Moquegua de calles tranquilas, de familias que se conocían, de chacras y pequeños mundos familiares que hoy sobreviven principalmente en fotografías y en los recuerdos que hemos ido reconstruyendo entre nosotros.

Su familia estaba vinculada al Molino de Estuquiña.

https://piedadriverallanos.blogspot.com/2026/06/estuquina-el-molino-donde-echaron.html

Allí habían vivido sus abuelos, Esteban Acervo y Clotilde Calderón, y allí se desarrolló parte de aquella historia familiar que precedió a la generación de mi padre.

Y es desde allí, desde esa Moquegua de sus primeros años, desde donde quiero comenzar a contar la vida de Vittorio.

Porque antes de conocer al hombre que fue mi padre, hay que imaginar al niño que alguna vez fue.

El niño de Moquegua

Me gusta pensar en ese niño sin adelantar todavía su destino.

Sin saber que algún día trabajaría en Toquepala.

Sin saber que conocería el desierto, los campamentos mineros y las playas del sur.

Sin saber que terminaría aprendiendo a pescar.

Y mucho menos que, décadas después, uno de sus hijos escribiría sobre él intentando reconstruir su vida.

La infancia tiene esa particularidad: nadie sabe qué historias está comenzando a vivir.

Luego llegó a Lima siendo todavía joven para continuar sus estudios en el Colegio Nacional Militar Leoncio Prado. Eran los años cuarenta, una época muy distinta a la que conoceríamos después en el sur.

Aquellos años limeños también dejaron sus propias huellas. Mi padre frecuentaba las peñas y seguía la música criolla. Entre sus recuerdos musicales estaban Los Embajadores Criollos, esos cantores que representaban una Lima bohemia, de guitarras, valses y noches largas.

Quizá nadie podía imaginar entonces que aquel muchacho que caminaba por Lima terminaría construyendo su vida muy lejos de allí, en el desierto del sur, entre campamentos mineros, familia y playas.

Porque el destino de Vittorio estaría ligado a Toquepala.

Y allí comenzaría otra parte de su historia.

Toquepala

Mi padre trabajó en Toquepala desde joven, en una época en que aquel campamento minero era todavía un mundo en formación.

Ahí está mi padre joven.

Todavía no era el hombre que yo recuerdo.

Todavía faltaban muchos años para que nosotros, sus hijos, apareciéramos en su vida.

En Toquepala también estaba mi madre, Piedad Rivera Llanos.


Mi madre fue directora y tuvo una presencia muy importante en la educación y el deporte de aquella época. En ese ambiente conoció y trabajó con profesores de Educación Física que terminarían formando parte de nuestra historia familiar.

Uno de ellos fue don Norman Barahona.

Norman no fue solamente un profesor. Con los años se convirtió en uno de esos personajes que aparecen una y otra vez en los recuerdos de una familia, hasta convertirse casi en parte de ella.

También estaba Carlos Terra Vásquez, profesor de Educación Física que trabajó con mi madre en Toquepala.

Sin que nadie pudiera preverlo, aquellos vínculos laborales terminarían siguiendo caminos diferentes, pero siempre alrededor del mismo paisaje: el sur, la familia y el mar.

Norman terminaría ligado a las playas de Tacna.

Terra terminaría viviendo en Ilo.

Y mi padre seguiría encontrándose con ambos en distintos momentos de su vida.

Atkinson y el primer secreto del mar

Pero hubo un hombre que tuvo un papel especial en la relación de mi padre con la pesca.

Su jefe canadiense en Toquepala era un hombre de apellido Atkinson.

Mi madre contaba que Atkinson conocía profundamente el mar y que fue él quien le enseñó a mi padre algunas de las primeras técnicas y secretos de la pesca.

No solamente cómo sacar un pescado.

También cómo conservarlo.

Cómo trabajar el pescado después de capturarlo.

Cómo aprovechar el hielo.

Cómo reconocer los lugares donde el mar estaba vivo.

Atkinson conocía las playas de Ilo: Pozo de Lisas, Belén, Coquina y aquellas manchas vivas donde el mar parecía concentrar su riqueza.

Mi madre contaba que alguna vez Atkinson y mi padre bajaron hacia las playas de Ilo y encontraron tanto pescado que ya no podían cargarlo entero.

Solo pudieron llevarse los filetes.

Yo nunca conocí a Atkinson.

Pero, mirando la historia hacia atrás, entiendo que hubo una especie de cadena invisible.

Atkinson le enseñó a mi padre.

Y mi padre, muchos años después, me enseñaría a mí.

Los veranos que yo todavía no podía recordar

Hay una parte de esta historia que no puedo contar como recuerdo propio.

Yo todavía no había nacido.

Por eso pertenece a la memoria de mis hermanos Aldo, Gino, Tote y Javier, que fueron quienes vivieron aquellos veranos junto a mis padres.

Era la década de los sesenta.

Mi padre trabajaba en Toquepala, pero durante el verano la familia bajaba hacia las playas de Tacna.

El lugar que ha quedado en nuestros recuerdos es Vila Vila–Punta Colorada.

Allí estaba don Norman Barahona, junto a su esposa y sus hijas Macarena, Lula y Liliana.

Norman había organizado aquel pequeño mundo de verano a su manera.

No era una casa de playa lujosa.

Era algo mucho más sencillo.

Un campamento ordenado, limpio, funcional.

Y Norman tenía reglas.

Había que mantener las cosas en su sitio. Había que colaborar, respetar a los demás, cuidar el campamento y aprender a desenvolverse en aquel territorio.



Los niños jugaban.

Los adultos conversaban.

Había deportes, caminatas, comidas, parrillas y fiestas.

Y, sobre todo, estaba el mar.

Mi padre permanecía aproximadamente un mes y luego regresaba a Toquepala a trabajar. Después volvía los viernes para reencontrarse con la familia.

Era otra forma de vivir el verano.

El trabajo estaba arriba, en el campamento minero.

La familia estaba abajo, junto al océano.

Aprender el mar antes de saber nombrarlo

Aquellos veranos también fueron una escuela.

Los mayores enseñaban a los niños a pescar, pero también a leer el mar.

A saber cuándo bajar por las piedras.

A conocer las pozas.

A esperar la marea.

A no enfrentarse tontamente con el océano.

Porque el mar del sur nunca fue un lugar completamente dócil.

En las pozas, Norman utilizaba aquellos largos carrizos que parecían casi improvisados: unos tres metros, nylon y dos anzuelos.

Sacaban trambozos gringos, viejas y pejesapos, estos últimos pegados a las piedras.

Para los pejesapos había que saber dónde buscar y cómo meter el largo punzón entre las rocas.

También conocían la manera de buscar pulpos.

En la arena era diferente.

Los carrizos llevaban un pequeño carrete hecho con una lata de café, con un pedazo de palo de escoba colocado como manija.

Tres anzuelos.

Unas vueltas de nylon.

Y al lanzamiento.

La carnada podía ser muy muy, lapas, pejerrey o barba de chivo.

Y el mar devolvía sargos, cabrillas, tramboyos, lenguados y corvinas.

Todo eso formaba parte de una sabiduría que no estaba escrita en ningún libro.

Se aprendía mirando.

Preguntando.

Equivocándose.

Y acompañando a los mayores.

El mar también era una fiesta

Aquellos veranos no eran solamente pesca.

Había parrillas.

Había música.

Había conversaciones interminables.

Había noches bajo las estrellas.

Para las parrillas aparecía incluso el cordero de Candarave.

Don Miguelito era quien se encargaba de preparar los animales y de la parrilla. Hasta las vejigas de los corderos terminaban convertidas en pelotas improvisadas para los niños.

Los adultos eran simplemente “los viejos”.

Ellos tenían su vino.

Los niños tenían sus juegos.

Y todos tenían el mar.

Probablemente mis hermanos no sabían entonces que estaban viviendo algo que, décadas después, se convertiría en una de las páginas más queridas de nuestra historia familiar.


Mi padre prefería las pozitas o zonas de peñerio 

Le gustaban esos lugares donde la familia podía reunirse, pescar, cocinar y pasar el día.

Hasta la sandía podía terminar enterrada en el agua del mar para enfriarse.

Pero un día ocurrió algo distinto.

Un amigo  Samuel "El mono" Morón, entró en uno de aquellos canales o callejones entre las peñas, el mar comenzó a golpearlo contra las rocas.

La situación se volvió peligrosa.

Habían mariscadores cerca , pero se rehusaban a rescatarlo,  mi padre reaccionó. 

Tomó una cuerda y utilizó una alcayata para poder acercarse  lanzar y sacarlo.

Samuel finalmente salió.

Estaba asustado y lleno de raspones.

Pero estaba vivo.

Y entonces apareció el humor negro tan propio de aquellas épocas.

Mi tío Juan Maldonado soltó:

—Sacamos un mono.

La frase quedó.

Y quedó tanto que desde entonces aquel lugar empezó a ser recordado dentro de la familia como:

La Playa del Mono.

Mientras los veranos de Tacna quedaban en la memoria de mis hermanos, otra parte de la historia se iba construyendo en Ilo.

Mi padre ya había aprendido mucho de Atkinson.

Había conocido el mar.

Había aprendido a pescar.

Pero todavía no sabía que esa afición terminaría convirtiéndose en una herencia.

En Ilo apareció también Carlos Terra.

Terra ya había pescado con mi padre desde los años setenta.

Yo lo conocería personalmente después, durante los años ochenta.

Terra era un hombre de pesca.

No necesitaban grandes equipos.

Muchas veces pescaban simplemente con líneas de mano.

Llevaban baldes con anchoveta que habían conseguido días antes y que servían como carnada.

Primero llegaron para mí las caballas, jureles y pejerreyes.

Pero había algo que me impresionaba especialmente:

ver a Terra sacar enormes cabrillas.

También sacaba sacos de roncachos y corvinas.

Y cuando alguno picaba, la línea terminaba en manos de los niños.

Nos la entregaban.

Y nosotros tirábamos.

Ahí comenzaba otra cosa.

Porque una cosa es ver pescar.

Y otra muy distinta es sentir el pescado.

Sentir cada cabezazo.

Cada tirón.

Cada intento de escapar.

Ese contacto con la fuerza del animal detrás de una línea fue una de las primeras cosas que me acercaron realmente a la pesca.

Pero Terra tenía también su lado cómico.

Una madrugada fuimos a buscar a mi padre alrededor de las cinco.

Y encontramos a Carlos Terra huasca, completamente borracho.

Mi padre, sin embargo, le tenía ley.

Lo respetaba.

Y aun así, terminaron yendo a pescar.

En algún momento Terra se quedó dormido sobre una piedra, rodeado por el olor de la anchoveta.

Cuando fuimos a verlo, estaba prácticamente cubierto de lagartijas.

Era imposible no reírse.

Aunque para mi madre aquellas jornadas tenían una consecuencia menos divertida:

había que limpiar y cocinar todo aquel pescado.

Antes de aprender a pescar, aprendí a mirar

Cuando hoy reconstruyo aquellos años, me doy cuenta de que mi relación con el mar no comenzó el día que tomé una caña.

Ni siquiera comenzó el día que sentí un pescado tirando de una línea.

Había comenzado mucho antes.

Había comenzado con un joven Vittorio en Lima.

Con Toquepala.

Con Atkinson enseñándole los secretos de la pesca.

Con mi madre Piedad y aquella generación de profesores y deportistas.

Con Norman y sus veranos en las playas de Tacna.

Con mis hermanos  viviendo experiencias que yo solo conocería después a través de sus recuerdos.

Con Carlos Terra pescando junto a mi padre.

Y con todas aquellas playas que, sin saberlo, estaban preparando el escenario de mi propia vida.

Porque mientras ellos vivían aquellos años, yo todavía no había llegado.

Pero el mar ya estaba dejando una huella en mi familia.

Y algún día esa huella llegaría hasta mí.


II. Cuajone: mi infancia, mi padre y el camino hacia el mar

Después de aquellos años que hoy conozco principalmente por los recuerdos de mis hermanos, llegó el tiempo que sí puedo contar desde mi propia memoria.

Fue en Cuajone.

Allí transcurrió buena parte de mi infancia y allí comencé a mirar a mi padre ya no desde los relatos de otros, sino desde mis propios ojos.

Mi padre había llegado a ocupar el cargo de jefe de almacén. Su vida estaba ligada al trabajo, a la responsabilidad y a esa disciplina que había formado su carácter. Pero fuera de las horas de trabajo estaba la otra parte de Vittorio: el hombre que disfrutaba de la familia, de los amigos y, cada vez que podía, de una bajada hacia el mar.

Cuajone era nuestro mundo cotidiano.


El paisaje era completamente distinto al de Ilo. Arriba estaba el desierto, la montaña, el campamento minero y aquella vida organizada alrededor de la mina. Abajo estaba el océano.

Y entre ambos mundos transcurría nuestra infancia.

Mi padre fuera del trabajo

Hay fotografías que, con los años, adquieren un significado que probablemente nunca tuvieron cuando fueron tomadas.

Tengo algunas de mi padre en Cuajone, celebrando cumpleaños en el jardín.


En ellas aparece rodeado de familiares y amigos, sentado a la mesa, conversando, compartiendo.

Cuando las miro ahora, no veo solamente una fotografía de un cumpleaños.

Veo a un hombre que todavía tenía por delante muchos años de vida.

Veo a mi padre antes de convertirse en recuerdo.

El jardín, las montañas al fondo, las mesas preparadas y la gente alrededor cuentan una parte de nuestra historia que a veces queda escondida detrás de las grandes aventuras de pesca.

Con los años he entendido que recordar a alguien no significa convertirlo en un santo.

Mi padre tenía un carácter fuerte.

Podía ser cariñoso, divertido y generoso, pero también podía enojarse con facilidad.

Tenía sus frases.

Sus maneras.

Sus silencios.

Y nosotros, sus hijos, aprendimos a reconocer hasta el tono con que decía las cosas.

Mis hermanos Gino y Aldo llegaron incluso a imitarlo en algunas grabaciones que quedaron registradas en aquellos antiguos cassettes familiares.

Hoy pienso que esas imitaciones, que seguramente en aquel momento nos causaban gracia, son también una forma involuntaria de conservar a mi padre.

Porque una voz desaparece cuando muere una persona.

Pero a veces queda atrapada en una cinta.

Una frase.

Una carcajada.

Una manera particular de pronunciar una palabra.

Y de pronto, muchos años después, uno vuelve a escucharla y por unos segundos parece que el tiempo no hubiera pasado.

“Con zapatos nuevos te vienes a la playa…”

Entre las historias familiares que quedaron asociadas a su carácter está aquella vez que Gino apareció en la playa con zapatos nuevos.

Mi padre lo vio.

Y no necesitó ningún discurso.

Solamente soltó su frase:

—Con zapatos nuevos te vienes a la playa, mierda...

Así era Vittorio.

Directo.

Sin demasiados rodeos.

Para él, la playa no era lugar para presumir zapatos nuevos.

Era lugar para caminar sobre piedras, mojarse, ensuciarse, pescar y aprender.

Hoy esa frase me hace sonreír.

Pero también me recuerda algo de su manera de educarnos: había cosas que, según él, simplemente no se hacían.

Y no necesitaba explicar demasiado por qué.

Las bajadas a Ilo

Desde Cuajone, el mar comenzó a formar parte de nuestra rutina familiar.

Las bajadas a Ilo tenían algo de expedición.

No era simplemente salir de casa y llegar a la playa.

Había que preparar las cosas, pensar en la carnada, cargar los aparejos y organizar el día.

Y allí volvía a aparecer Carlos Terra.

Para entonces yo ya podía observar directamente lo que antes solamente había escuchado contar.

Terra y mi padre tenían una relación construida alrededor de la pesca.

Muchas veces pescaban con líneas de mano..

Utilizaban anchoveta como carnada, que conseguían previamente y dejaban preparada, incluso salada, para que resistiera.

Al principio para mí eran suficientes las caballas, los jureles y los pejerreyes.

Pero había algo que me impresionaba especialmente:

las cabrillas que sacaba Terra.

Eran peces grandes y fuertes, cuando picaban, la línea comenzaba a transmitir algo que no se podía explicar mirando desde lejos.

El pescado estaba abajo.

Pero su fuerza llegaba directamente hasta las manos.

La primera pelea

Creo que allí empecé a entender algo que después sería fundamental en mi vida.

Pescar no consiste simplemente en sacar un pez.

Existe un instante, muy breve, en el que el hombre y el animal quedan unidos por una línea.

El pez tira.

Uno responde.

El pez vuelve a tirar.

Y uno siente cada cabezazo.

La línea transmite todo.

No hay intermediarios.

No hay pantalla.

No hay distancia.

Solamente están tus manos, el nylon y la fuerza del animal al otro lado.

Quizá por eso recuerdo tanto aquellas primeras experiencias.

Porque allí dejé de ser simplemente un niño que acompañaba a los mayores.

Comencé a sentir el mar.

Terra y aquella madrugada

Entre todos esos recuerdos hay uno que todavía me causa gracia.

Una madrugada, alrededor de las cinco, fuimos  en busca de Carlos Terra, pero Terra había llegado algo huasca, sin embargo, como Terra le tenía ley a mi padre y existía entre ellos un respeto especial, la jornada de pesca siguió adelante.

En algún momento Terra terminó quedándose dormido sobre una piedra.

El olor de la anchoveta había atraído a las lagartijas.

Cuando fuimos a verlo, prácticamente estaba rodeado de ellas.

La escena debió haber sido increíble.

Y seguramente mi padre, con ese carácter suyo, tendría algo que decir.

Son esas pequeñas historias las que hacen que una familia permanezca viva.

No solamente las grandes tragedias.

También las situaciones absurdas.

Las risas.

Las frases.

Los personajes que aparecen en una fotografía y que, años después, vuelven a caminar por nuestra memoria.

El mar alimentaba la aventura de los hombres, pero también terminaba entrando a la cocina de mi madre.

Y de alguna manera, todos participábamos.

Cuajone y el mar

Ahora, cuando recuerdo aquellos años, entiendo que Cuajone fue una especie de puente.

Yo todavía era un muchacho.

Vivía en un mundo de montaña y desierto.

Pero cada cierto tiempo descendíamos hacia Ilo y aparecía otro universo.

El olor de la anchoveta.

Las piedras mojadas.

Las pozas.

Los anzuelos.

Las líneas.

Los peces.

Mi padre.

Terra.

Y el mar.

Sin darme cuenta, estaba recibiendo una herencia.

No una herencia escrita.

No algo que pudiera guardarse en una caja.

Era una forma de mirar.

Una forma de acercarme al agua.

Una curiosidad por saber qué había debajo.

Y, sobre todo, una sensación que todavía hoy puedo reconocer:

la necesidad de volver.

El siguiente verano sería diferente

Pero todavía faltaba alguien.

Un hombre que aparecería en mi adolescencia y que terminaría enseñándome algo que mi padre y Terra, cada uno a su manera, ya habían comenzado a mostrarme.

Porque una cosa era pescar.

Otra era vivir alrededor del mar.

Ese hombre era Wayo La Motta.

Y entonces llegaron aquellos veranos en Pocoma.

Yo tenía alrededor de trece años.

Beto, Shirley , Leo y Arturo fueron los hijos de Wayo con los que compartí esos veranos en Pocoma.

Y lo que empezó como una simple estadía junto al mar terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en uno de los recuerdos más hermosos de mi vida.

Pocoma no fue solamente un lugar donde pasé el verano.

Fue el lugar donde aprendí a vivir el mar. 


IV. Pocoma: los veranos con Wayo

A mediados de los años ochenta yo tenía alrededor de trece años y todavía vivía en ese mundo de Villa Cuajone donde el tiempo parecía tener otra velocidad.

Por entonces apareció en mi vida Wayo La Motta, un hombre que trabajaba en Patio Puerto de Southern Perú y que conocía la costa como quien conoce el patio de su propia casa.

Tenía una casa de madera en Pocoma, más refugio que casa de playa. Para llegar había que tomar un camino de tierra que se metía hacia la costa. No había nada de esa comodidad que hoy uno espera encontrar en una casa frente al mar. Wayo no estaba interesado en decorar el paisaje: estaba interesado en vivirlo.

Mis padres comenzaron a dejarme allí durante las vacaciones, desde fines de diciembre hasta marzo. Ellos bajaban los fines de semana desde Cuajone y yo me quedaba buena parte del verano.

Y allí estaba toda la familia.

Beto y Arturo, Shirley y Leo, Olga, la esposa de Wayo; y también los hijos mayores de un compromiso anterior, Abraham, al que todos llamaban el Che, y La Meche, con sus propios hijos y nietos.

Aquello era una pequeña república familiar.

No había que preguntar quién estaba invitado.

La gente simplemente llegaba.

Pocoma terminaba siendo una especie de club sin carnet de socio: familiares de Wayo, amigos, gente de Moquegua, conocidos que aparecían cada verano y hasta algunos personajes de Southern que uno veía llegar con ese aire de gente importante que tenían algunos de los jefes.

También solía ir el doctor Dongo con su familia.

Era una mezcla curiosa.

Y quizá ahí estaba una de las habilidades de Wayo: sabía juntar gente.

Era práctico, trabajador y tremendamente despierto para las relaciones humanas. Sabía quién era quién, conocía a la gente y sabía mantener sus vínculos. Su amistad con mi padre seguramente tenía una parte de afecto, otra de pesca y también, como ocurre muchas veces en la vida, una parte de inteligencia para moverse dentro de ese mundo.

Mi padre tenía llegada con la gente de arriba.

Wayo lo sabía.

Pero tampoco creo que todo pueda reducirse a eso. Había pesca, confianza, años de amistad y una manera parecida de entender la vida.

El hombre que siempre estaba haciendo algo

Wayo tenía algo casi militar.

Siempre estaba haciendo algo.

Si no estaba reparando la casa, estaba construyendo una sombra para la embarcación. Si no estaba preparando una salida, estaba pensando cómo conseguir agua, leña o comida.

Nos mandaba a buscar leña por los olivares cercanos. Había que caminar, cargarla y regresar.

El agua se conseguía en los puquios.

Para nosotros aquello era parte del verano.

Hoy lo recuerdo y pienso que Wayo nos estaba enseñando algo sin dar ninguna clase: en el desierto, todo cuesta.

La comodidad no estaba garantizada.

Había que conseguirla.

Y quizás por eso, al principio, yo no entendía demasiado aquella casa.

Me parecía que a Wayo le faltaba un poco de sentido estético.

Con los años entendí que yo estaba mirando la casa equivocada.

Aquello no era una casa para mirar.

Era una casa para sobrevivir al verano, cocinar, dormir, pescar y vivir.

Cuando llegaban mis padres

Los fines de semana cambiaba todo.

Mis padres llegaban desde Cuajone con unas fuentes enormes de rocoto relleno y lasañas.

Se cocinaba con leña de olivo y ese olor se me quedó grabado para siempre.

Hay olores que funcionan como máquinas del tiempo.

Hoy puedo sentir el olor de la madera de olivo quemándose y, de alguna manera, vuelvo a Pocoma.

También llegaba pan de Torata, frutas de Moquegua y todo aquello que mis padres traían desde arriba.

El contraste era hermoso: el desierto, el mar, la casa sencilla de Wayo y de pronto una mesa llena de comida.

El Pocoma que yo prefería

Pero hay algo que quizás ahora puedo decir con más honestidad.

Yo no siempre disfrutaba cuando Pocoma estaba lleno.

Cuando llegaba demasiada gente, aparecían los tragos, las voces fuertes, los adultos conversando hasta cualquier hora, los ronquidos, la falta de espacio.

Yo prefería esos días en que éramos pocos.

Cuando el mar podía escucharse.

Cuando había una fogata y no veinte conversaciones encima.

Cuando uno podía quedarse mirando las estrellas sin que nadie estuviera gritando al lado.

Es curioso: de adolescente uno piensa que lo importante son las fiestas, las chicas, los amigos, la bulla.

Pero cuando pasan los años, muchas veces uno termina recordando justamente el silencio.

Wayo y el mar

Porque si había algo que Wayo dominaba era el mar.

Sabía sacar tolinas, lapas, almejas, pulpos, erizos y jaibas Popeye.

Las tolina tenían su propio ritual.

Se sacaba la carne, se golpeaba para ablandarla y se le daba una cocción ligera. Después venían la cebolla en cubitos, tomate, culantro, rocoto, sal, pimienta y aceite de oliva.

Y listo.

Una sarza de tolina hecha con lo que el mar acababa de entregar.

Olga hacía también un chupe de mariscos y jaibas que todavía recuerdo.

Y estaban las tocolas: abrirlas con cuidado y sacar la carne con una cuchara, tratando de no desperdiciar nada.

En Jaboncillo, aproximadamente un kilómetro al norte de Pocoma, Wayo sabía exactamente cuándo la playa comenzaba a arenar y cuándo era el momento de buscar las jaibas Popeye.

Él conocía esos cambios.

Nosotros apenas comenzábamos a aprenderlos.

La embarcación

A un lado de la casa tenía un canal por donde entraba la embarcación.

Eso ya decía bastante de Wayo.

No era un hombre que simplemente se sentara frente al mar a contemplarlo.

El mar era una herramienta, una despensa, un camino y también una forma de vida.

Por las tardes podía colocar su red, esa especie de cortina que dejaba trabajando hasta el amanecer.

Al día siguiente podía aparecer una pesca de chitas, corvinas, bonitos.

Una vez recuerdo incluso un dorado enorme.

Y allí fue donde yo empecé a entender otra cosa.

Que pescar no consistía solamente en sacar un pescado.

Había que conocer la hora, el viento, la corriente, el fondo, las mareas, el lugar.

Había que aprender a leer.

Mi chita

Uno de esos aprendizajes me tocó directamente.

Pesqué una chita de unos tres kilos, con línea de mano.

Todavía recuerdo la pelea.

Cada cabeceo del pescado se sentía directamente en la mano.

No había caña sofisticada que amortiguara nada.

Era el pez, la línea y tú.

Y en esos segundos entendí por qué aquella gente podía pasar la vida persiguiendo peces.

No era solamente el pescado.

Era la pelea.

Era la incertidumbre.

Era ese instante en que uno no sabe quién va a ganar.

El cumpleaños de Wayo

Wayo cumplía años el 5 de enero.

En una de esas ocasiones nos fuimos hasta Yerba Buena, unos treinta kilómetros al norte de Pocoma, para conseguir un chivo.

Wayo sabía sacrificarlo y prepararlo.

Otra vez aparecía esa característica suya: siempre sabía hacer algo.

Conseguir comida.

Pescar.

Arreglar.

Construir.

Mover gente.

Encontrar agua.

Leer el mar.

Era un hombre práctico en un mundo donde ser práctico no era una virtud decorativa.

Era una necesidad.

Lo que Wayo me enseñó

Muchos años después puedo ordenar mejor las piezas.

Antes de Wayo, el mar ya estaba en mi familia.

Mi padre había aprendido de otros pescadores y había llevado esa afición a nuestra casa. En Toquepala, hombres como Atkinson habían formado parte de esa cadena. Carlos Terra me había mostrado de niño lo que significaba sentir la pelea de un pescado.

Pero Wayo fue diferente.

Wayo me enseñó a vivir el mar.

No solamente a pescar.

A caminarlo.

A conocer sus playas.

A saber dónde buscar comida.

A entender que el desierto también tenía sus caminos y sus secretos.

A respetar el clima, las mareas y los cambios del agua.

Y también, aunque entonces yo no lo sabía, me enseñó que el mar podía ser una forma de vida.

Después vendrían muchas otras cosas.

La universidad que quedó a medias. La música electrónica. El CFAM. La viticultura. Los años en que la pesca era solamente una afición de fin de semana. Raúl y el spinning. Las largas caminatas detrás de los lenguados. Y finalmente la pandemia, cuando el mundo entero se encerró y a nosotros los pescadores nos tocó volver al mar.

Pero si tengo que buscar el principio de todo eso, tendría que volver a una casa de madera en Pocoma.

A una fogata.

Al olor de la leña de olivo.

A una familia enorme entrando y saliendo.

A Wayo preparando alguna nueva aventura.

Y a un muchacho de trece años mirando el mar sin imaginar todavía que muchos años después iba a terminar ganándose la vida con aquello que en esos veranos parecía simplemente un juego.

Antes de aprender a vivir de la pesca, aprendí a amar el mar.

Y buena parte de ese aprendizaje comenzó en Pocoma.