viernes, 11 de septiembre de 2026

El gato del jardín / Un encuentro en Villa Cuajone

Hay recuerdos de la infancia que con los años se vuelven borrosos. Otros, en cambio, permanecen intactos, como si el tiempo hubiera decidido no tocarlos.

Este es uno de ellos.

Viví en Villa Cuajone entre 1978 y 1987. Nuestra casa estaba en la calle Arequipa 114, y tenía un jardín amplio donde mi padre solía celebrar sus cumpleaños. Más allá del jardín había un barranco descampado y, hacia el horizonte, se veía la carretera que comunicaba con Moquegua y el paisaje de Asana. Torata quedaba hacia el otro lado.


En aquellos años yo era el menor de cinco hermanos. Gino y Aldo, los que me seguían en edad, me llevaban diez y doce años; mis otros dos hermanos eran aún mayores y para entonces ya no vivían con nosotros. Por eso muchas de las cosas que recuerdo de aquella época las viví prácticamente como hijo único, al lado de mis padres.

Mi padre era Don Vittorio.

Había trabajado como jefe de almacenes, primero en Toquepala y después en Cuajone. En Moquegua era un hombre conocido y querido. Muchos lo recuerdan todavía, especialmente quienes alguna vez trabajaron con él. Tenía fama de bonachón, aunque también poseía un carácter bastante peculiar.

Era, como decían mis hermanos, “fosforito”.

Podía enfadarse rápidamente, aunque también se le pasaba rápido.

A mediados de los años ochenta teníamos un jardinero llamado Andrés. Un día nos invitó a su cumpleaños en una chacra de Chuchusquea, cerca de Torata.

A aquella celebración fui solamente con mi padre.

Dejamos la camioneta cerca de la caballeriza y de un circuito de motos que existía por aquellos años. Desde allí tuvimos que caminar casi una hora.

Recuerdo el paisaje, la gente y especialmente el cordero a la piedra.

Pero recuerdo también algo que hoy, con los años, entiendo de otra manera.

La gente miraba a mi padre con mucho respeto. Para ellos era Don Vittorio, el hombre que había trabajado en Toquepala y Cuajone, el jefe de almacenes, pero también el hombre que había ayudado a muchos y que había dejado amigos en el camino.

Al terminar la celebración ya era de noche.

Mi padre iba un poco mareado y nos tocó regresar al campamento. Algunas de las personas que habían estado en el cumpleaños nos acompañaron y prácticamente nos escoltaron de regreso, preocupándose de que llegáramos bien.

Yo era un niño y no entendía completamente lo que aquello significaba.

Hoy sí.

Quizás el verdadero respeto hacia una persona no se mide por su cargo, sino por la cantidad de gente que, después de tantos años, todavía habla de ella con cariño.

Fue durante aquella visita a Chuchusquea que me regalaron dos liebres.

Las llevé a casa y comencé a criarlas en nuestro jardín.

Crecieron, se reprodujeron y poco a poco fueron apareciendo más. El jardín de Arequipa 114 terminó convertido en su pequeño territorio. Yo las cuidaba y las veía correr entre las plantas y el pasto.

Hasta que una noche ocurrió algo que todavía puedo recordar con una claridad extraordinaria.

Habíamos bajado a Moquegua durante el fin de semana y regresamos un domingo bastante tarde.

Ya estaba oscuro, aunque todavía quedaba algo de luz.

Mis padres entraron por la puerta principal de la casa.

Yo fui por la parte de atrás, hacia el jardín donde estaban mis liebres.

Y entonces lo vi.

Un gato enorme.

Estaba en medio del jardín.

No era simplemente un gato grande. En mi recuerdo tenía aproximadamente el tamaño de un perro labrador.

Me quedé mirándolo.

Él me miró a mí.

Y sucedió algo que, incluso hoy, me resulta extraño:

no pude hablar.

No grité.

No llamé a mis padres.

No corrí.

Me quedé completamente paralizado.

No sé cuánto duró aquel momento. Quizás fueron solamente unos segundos. Pero fueron suficientes para que aquella imagen quedara grabada en mi memoria para siempre.

Era un felino grande, de eso estoy seguro.

Con los años he pensado muchas veces que quizás pudo haber sido un puma.

El entorno lo hacía posible. Detrás de nuestra casa había un espacio abierto, un barranco, y más allá se extendía el paisaje árido de la zona. Pero no puedo afirmarlo. Han pasado demasiados años y yo era un niño.

Tal vez la oscuridad hizo que el animal pareciera todavía más grande.

O quizás realmente era tan grande como lo recuerdo.

Lo que nunca he olvidado fue lo que ocurrió después.

El animal se dio vuelta y se dirigió hacia el muro del jardín.

Era un muro bastante alto.

Yo pensé que tendría que bordearlo.

Pero no.

Lo saltó sin ningún esfuerzo.

Como si aquel muro no existiera.

Y desapareció al otro lado, en la oscuridad del descampado.

Yo seguí allí.

No recuerdo haber hecho nada.

Simplemente me quedé mirando el lugar por donde había desaparecido.

Durante años me he preguntado qué fue lo que vi aquella noche.

Quizás fue un puma.

Quizás fue otro felino grande.

Quizás mi memoria infantil hizo más grande al animal con el paso del tiempo.

Pero hay algo que no ha cambiado:

yo estuve allí.

Y recuerdo perfectamente aquella mirada.

Hoy, cuando pienso en Villa Cuajone, no solamente recuerdo las casas, las montañas, la carretera hacia Moquegua o el jardín donde mi padre celebraba sus cumpleaños.

Recuerdo también las liebres que llegaron conmigo desde aquella chacra de Chuchusquea.

Y recuerdo que, una noche, algo salvaje cruzó el límite de mi mundo.

Durante unos segundos, un niño y un enorme felino se quedaron mirándose en silencio.

Después él saltó el muro y desapareció.

Yo nunca supe de dónde había venido.

Tampoco supe adónde fue.

Pero quizás algunos recuerdos no están hechos para ser resueltos.

Algunos simplemente permanecen.

Como aquella noche.

Como aquel jardín.

Como aquellos ojos que todavía puedo ver después de más de cuarenta años.

Nos miramos.

Él se fue.

Pero yo nunca olvidé sus ojos.

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