sábado, 17 de octubre de 2026

Wayo La Motta: los veranos de Pocoma

Por: Vittorio Badoino Rivera

Hoy se fue el gran Wayo La Motta, y con él se va una parte de aquellos veranos que quedaron para siempre en mi memoria.

A mediados de los años ochenta, mis padres me dejaban en Pocoma durante las vacaciones. Yo era todavía un muchacho, y aquella casa de madera, levantada junto al desierto y frente al mar, se convirtió en uno de los escenarios más entrañables de mi infancia.

Pero Pocoma no era solamente mi refugio de verano. También era un lugar donde mis viejos la pasaban de maravilla. Los fines de semana llegaban desde Cuajone y cambiaba el ambiente: aparecían las fuentes de rocoto relleno y las lasañas, el pan de Torata, las frutas de Moquegua y ese olor inconfundible de la leña de olivo que todavía hoy me devuelve a aquellos días. Había amigos, reuniones, conversaciones interminables, fogatas y buena comida. Era un mundo sencillo, pero lleno de vida, donde la amistad y el gusto por compartir hacían que cualquier comodidad pasara a segundo plano.

Y en medio de todo aquello estaba Wayo.

Wayo era incansable, intrépido y dueño de un conocimiento extraordinario de Pocoma. No necesitaba mapas ni aplicaciones para orientarse. Conocía cada poza, cada hueco entre las piedras, cada rincón donde podía esconderse un pulpo o una jaiba. Sabía leer las mareas, reconocer los arenamientos y entender cómo cambiaba la playa según las condiciones del mar. Donde otros veían piedras, arena y agua, él encontraba señales, posibilidades y secretos.

También guardaba historias antiguas de aquella costa. Relatos de otros tiempos, de lugares, personajes y experiencias que parecían formar parte del mismo paisaje. Escuchándolo, uno comprendía que conocer el mar no consistía solamente en saber pescar: significaba conocer su historia, observar sus cambios y aprender a respetarlo.

Wayo siempre estaba haciendo algo. Si no reparaba la casa, preparaba una salida; si no buscaba leña o agua, estaba pendiente de la embarcación o pensando en la siguiente faena. Tenía esa inteligencia práctica de los hombres que no esperan que las cosas se resuelvan solas. Había que hacerlas, y punto.

Su casa era también un punto de encuentro. Llegaban familiares, amigos, gente de Moquegua y conocidos de distintos ámbitos. Wayo sabía reunir a las personas y hacer que aquel rincón de la costa se convirtiera, durante el verano, en una pequeña comunidad. Mis padres disfrutaban de ese ambiente tanto como nosotros, y hoy entiendo que esos días les dieron algo más que unas vacaciones: les dieron amistad, descanso y recuerdos compartidos.

Con el paso de los años he comprendido cuánto me dejó aquella experiencia. Mi padre me había acercado al mar, pero Wayo me enseñó a vivirlo. A caminar sus playas, a conocer sus frutos, a observar sus cambios y a entender que detrás de cada poza y cada rompiente había un conocimiento que solo se adquiría con tiempo y experiencia.

Muchos años después, la pesca terminaría ocupando un lugar importante en mi vida. Y cuando miro hacia atrás, encuentro en Pocoma una parte de ese camino.


Hoy Wayo se ha ido, pero todavía puedo imaginarlo recorriendo la costa, señalando algún hueco entre las piedras, anticipando la marea o contando una de aquellas historias antiguas. Incapaz de quedarse quieto, como si siempre hubiera algo nuevo por descubrir.

Me queda el recuerdo de aquellos veranos, de mis padres felices en ese entorno, de la familia reunida, de las comidas compartidas y de un hombre que parecía conocer cada secreto de aquella costa.

Gracias, Wayo, por abrirnos las puertas de tu mundo y por enseñarme que el mar no se conoce solamente mirándolo, sino viviéndolo.

Antes de aprender a vivir de la pesca, aprendí a amar el mar. Y una parte fundamental de ese aprendizaje comenzó contigo, en Pocoma.

Buen viaje, Wayo. Tu costa seguirá guardando tus historias.

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