martes, 22 de septiembre de 2026

Michifus, antes de dormir

La fogata se va quedando pequeña.

Afuera está el mar, oscuro, interminable, golpeando la orilla con ese ritmo antiguo que parece no pertenecerle a nadie. Y yo estoy aquí, dentro de esta pequeña carpa iluminada, después de una noche de pesca, pensando en un gato que alguna vez estuvo conmigo frente al mismo mar.

Michifus.

Quizá eso sea la vida: una sucesión de encuentros que nunca sabemos que serán importantes mientras están ocurriendo.

Uno cree que los momentos grandes serán los que recordará para siempre. Pero con los años descubre que no.

A veces basta una cabeza apoyada sobre una mano.

Una mirada.

Un ronroneo.

Un animal que se acerca sin pedir explicaciones y decide, por alguna razón que solamente él conoce, confiar en nosotros.

Y entonces comprendemos que el amor no siempre llega haciendo ruido.

A veces llega caminando sobre cuatro patas.

Michifus no necesitó decirme nada para dejarme algo que todavía conservo.

Me enseñó, sin saberlo, que querer también es dejar ser. Que acompañar no significa poseer. Que hay seres que pasan por nuestra vida durante un tiempo determinado y que, aunque después tengamos que despedirnos, lo vivido no desaparece con ellos.

Quizá la muerte sea eso que todavía no comprendemos: una puerta que se cierra para quien se va, pero que deja abierta una habitación llena de recuerdos para quien se queda.



Y en esa habitación estás tú, Michifus.

Estás frente al mar.

Estás en aquella fotografía de 2022.

Estás en mis manos.

Estás en las noches en que escucho las olas.

Y estás ahora, mientras escribo esto junto a una fogata, antes de meterme a dormir.

Pero esta noche quiero despedirme de ti de otra manera.

No con tristeza.

No preguntándome dónde estás.

Quiero despedirme agradeciéndote.

Gracias por haber confiado en mí.

Gracias por haberme acompañado.

Gracias por esos momentos que entonces parecían pequeños y que hoy tienen el tamaño de un recuerdo.

Gracias por haber sido simplemente tú.

Porque quizá eso sea lo más hermoso que nos dejan los animales que amamos: no nos enseñan a vivir más; nos enseñan a vivir más intensamente aquello que tenemos delante.

Mañana volverá la luz.

Recogeré la carpa.

Apagaré las últimas brasas.

Volveré al mar, prepararé mis cosas y quizá alguna corvina quiera morder el anzuelo.

La vida continuará, como siempre.

Y está bien que así sea.

Porque amar a alguien no significa quedarse detenido en su ausencia.

Significa poder seguir caminando llevando consigo aquello que nos regaló.

Así que esta noche, Michifus, te digo adiós.

Pero no es un adiós de esos que cierran una historia.

Es el adiós que uno le dice a alguien que ya forma parte de uno.

Duerme tranquilo, viejo amigo.

Yo también voy a dormir.

Y mientras el mar siga respirando allá afuera, voy a pensar que, en algún lugar de esa inmensidad, todavía existe aquella playa donde un hombre y un gato estuvieron juntos frente al océano.

Por última vez te acaricio bajo el mentón.

Por última vez encuentro tus ojos.

Y te digo:

Gracias por haber pasado por mi vida.

Buenas noches, Michifus.

Hasta siempre. 🐾🌊🔥

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