viernes, 11 de septiembre de 2026

Vittorio, mi padre: el hombre que me dejó el mar

I. Los años en Moquegua, Toquepala, las playas de Tacna y el mar de Ilo

Antes de ser minero, antes de ser jefe de almacén, antes de conocer Toquepala y mucho antes de que el mar se convirtiera en una parte inseparable de nuestra familia, hubo un niño.

Mi padre nació en Moquegua.

Su historia comenzó en una tierra muy diferente a aquella que después marcaría buena parte de su vida. Una Moquegua de calles tranquilas, de familias que se conocían, de chacras y pequeños mundos familiares que hoy sobreviven principalmente en fotografías y en los recuerdos que hemos ido reconstruyendo entre nosotros.

Su familia estaba vinculada al Molino de Estuquiña.

https://piedadriverallanos.blogspot.com/2026/06/estuquina-el-molino-donde-echaron.html

Allí habían vivido sus abuelos, Esteban Acervo y Clotilde Calderón, y allí se desarrolló parte de aquella historia familiar que precedió a la generación de mi padre.

Y es desde allí, desde esa Moquegua de sus primeros años, desde donde quiero comenzar a contar la vida de Vittorio.

Porque antes de conocer al hombre que fue mi padre, hay que imaginar al niño que alguna vez fue.

El niño de Moquegua

Me gusta pensar en ese niño sin adelantar todavía su destino.

Sin saber que algún día trabajaría en Toquepala.

Sin saber que conocería el desierto, los campamentos mineros y las playas del sur.

Sin saber que terminaría aprendiendo a pescar.

Y mucho menos que, décadas después, uno de sus hijos escribiría sobre él intentando reconstruir su vida.

La infancia tiene esa particularidad: nadie sabe qué historias está comenzando a vivir.

Luego llegó a Lima siendo todavía joven para continuar sus estudios en el Colegio Nacional Militar Leoncio Prado. Eran los años cuarenta, una época muy distinta a la que conoceríamos después en el sur.

Aquellos años limeños también dejaron sus propias huellas. Mi padre frecuentaba las peñas y seguía la música criolla. Entre sus recuerdos musicales estaban Los Embajadores Criollos, esos cantores que representaban una Lima bohemia, de guitarras, valses y noches largas.

Quizá nadie podía imaginar entonces que aquel muchacho que caminaba por Lima terminaría construyendo su vida muy lejos de allí, en el desierto del sur, entre campamentos mineros, familia y playas.

Porque el destino de Vittorio estaría ligado a Toquepala.

Y allí comenzaría otra parte de su historia.

Toquepala

Mi padre trabajó en Toquepala desde joven, en una época en que aquel campamento minero era todavía un mundo en formación.

Ahí está mi padre joven.

Todavía no era el hombre que yo recuerdo.

Todavía faltaban muchos años para que nosotros, sus hijos, apareciéramos en su vida.

En Toquepala también estaba mi madre, Piedad Rivera Llanos.


Mi madre fue directora y tuvo una presencia muy importante en la educación y el deporte de aquella época. En ese ambiente conoció y trabajó con profesores de Educación Física que terminarían formando parte de nuestra historia familiar.

Uno de ellos fue don Norman Barahona.

Norman no fue solamente un profesor. Con los años se convirtió en uno de esos personajes que aparecen una y otra vez en los recuerdos de una familia, hasta convertirse casi en parte de ella.

También estaba Carlos Terra Vásquez, profesor de Educación Física que trabajó con mi madre en Toquepala.

Sin que nadie pudiera preverlo, aquellos vínculos laborales terminarían siguiendo caminos diferentes, pero siempre alrededor del mismo paisaje: el sur, la familia y el mar.

Norman terminaría ligado a las playas de Tacna.

Terra terminaría viviendo en Ilo.

Y mi padre seguiría encontrándose con ambos en distintos momentos de su vida.

Atkinson y el primer secreto del mar

Pero hubo un hombre que tuvo un papel especial en la relación de mi padre con la pesca.

Su jefe canadiense en Toquepala era un hombre de apellido Atkinson.

Mi madre contaba que Atkinson conocía profundamente el mar y que fue él quien le enseñó a mi padre algunas de las primeras técnicas y secretos de la pesca.

No solamente cómo sacar un pescado.

También cómo conservarlo.

Cómo trabajar el pescado después de capturarlo.

Cómo aprovechar el hielo.

Cómo reconocer los lugares donde el mar estaba vivo.

Atkinson conocía las playas de Ilo: Pozo de Lisas, Belén, Coquina y aquellas manchas vivas donde el mar parecía concentrar su riqueza.

Mi madre contaba que alguna vez Atkinson y mi padre bajaron hacia las playas de Ilo y encontraron tanto pescado que ya no podían cargarlo entero.

Solo pudieron llevarse los filetes.

Yo nunca conocí a Atkinson.

Pero, mirando la historia hacia atrás, entiendo que hubo una especie de cadena invisible.

Atkinson le enseñó a mi padre.

Y mi padre, muchos años después, me enseñaría a mí.

Los veranos que yo todavía no podía recordar

Hay una parte de esta historia que no puedo contar como recuerdo propio.

Yo todavía no había nacido.

Por eso pertenece a la memoria de mis hermanos Aldo, Gino, Tote y Javier, que fueron quienes vivieron aquellos veranos junto a mis padres.

Era la década de los sesenta.

Mi padre trabajaba en Toquepala, pero durante el verano la familia bajaba hacia las playas de Tacna.

El lugar que ha quedado en nuestros recuerdos es Vila Vila–Punta Colorada.

Allí estaba don Norman Barahona, junto a su esposa y sus hijas Macarena, Lula y Liliana.

Norman había organizado aquel pequeño mundo de verano a su manera.

No era una casa de playa lujosa.

Era algo mucho más sencillo.

Un campamento ordenado, limpio, funcional.

Y Norman tenía reglas.

Había que mantener las cosas en su sitio. Había que colaborar, respetar a los demás, cuidar el campamento y aprender a desenvolverse en aquel territorio.



Los niños jugaban.

Los adultos conversaban.

Había deportes, caminatas, comidas, parrillas y fiestas.

Y, sobre todo, estaba el mar.

Mi padre permanecía aproximadamente un mes y luego regresaba a Toquepala a trabajar. Después volvía los viernes para reencontrarse con la familia.

Era otra forma de vivir el verano.

El trabajo estaba arriba, en el campamento minero.

La familia estaba abajo, junto al océano.

Aprender el mar antes de saber nombrarlo

Aquellos veranos también fueron una escuela.

Los mayores enseñaban a los niños a pescar, pero también a leer el mar.

A saber cuándo bajar por las piedras.

A conocer las pozas.

A esperar la marea.

A no enfrentarse tontamente con el océano.

Porque el mar del sur nunca fue un lugar completamente dócil.

En las pozas, Norman utilizaba aquellos largos carrizos que parecían casi improvisados: unos tres metros, nylon y dos anzuelos.

Sacaban trambozos gringos, viejas y pejesapos, estos últimos pegados a las piedras.

Para los pejesapos había que saber dónde buscar y cómo meter el largo punzón entre las rocas.

También conocían la manera de buscar pulpos.

En la arena era diferente.

Los carrizos llevaban un pequeño carrete hecho con una lata de café, con un pedazo de palo de escoba colocado como manija.

Tres anzuelos.

Unas vueltas de nylon.

Y al lanzamiento.

La carnada podía ser muy muy, lapas, pejerrey o barba de chivo.

Y el mar devolvía sargos, cabrillas, tramboyos, lenguados y corvinas.

Todo eso formaba parte de una sabiduría que no estaba escrita en ningún libro.

Se aprendía mirando.

Preguntando.

Equivocándose.

Y acompañando a los mayores.

El mar también era una fiesta

Aquellos veranos no eran solamente pesca.

Había parrillas.

Había música.

Había conversaciones interminables.

Había noches bajo las estrellas.

Para las parrillas aparecía incluso el cordero de Candarave.

Don Miguelito era quien se encargaba de preparar los animales y de la parrilla. Hasta las vejigas de los corderos terminaban convertidas en pelotas improvisadas para los niños.

Los adultos eran simplemente “los viejos”.

Ellos tenían su vino.

Los niños tenían sus juegos.

Y todos tenían el mar.

Probablemente mis hermanos no sabían entonces que estaban viviendo algo que, décadas después, se convertiría en una de las páginas más queridas de nuestra historia familiar.


Mi padre prefería las pozitas o zonas de peñerio 

Le gustaban esos lugares donde la familia podía reunirse, pescar, cocinar y pasar el día.

Hasta la sandía podía terminar enterrada en el agua del mar para enfriarse.

Pero un día ocurrió algo distinto.

Un amigo  Samuel "El mono" Morón, entró en uno de aquellos canales o callejones entre las peñas, el mar comenzó a golpearlo contra las rocas.

La situación se volvió peligrosa.

Habían mariscadores cerca , pero se rehusaban a rescatarlo,  mi padre reaccionó. 

Tomó una cuerda y utilizó una alcayata para poder acercarse  lanzar y sacarlo.

Samuel finalmente salió.

Estaba asustado y lleno de raspones.

Pero estaba vivo.

Y entonces apareció el humor negro tan propio de aquellas épocas.

Mi tío Juan Maldonado soltó:

—Sacamos un mono.

La frase quedó.

Y quedó tanto que desde entonces aquel lugar empezó a ser recordado dentro de la familia como:

La Playa del Mono.

Mientras los veranos de Tacna quedaban en la memoria de mis hermanos, otra parte de la historia se iba construyendo en Ilo.

Mi padre ya había aprendido mucho de Atkinson.

Había conocido el mar.

Había aprendido a pescar.

Pero todavía no sabía que esa afición terminaría convirtiéndose en una herencia.

En Ilo apareció también Carlos Terra.

Terra ya había pescado con mi padre desde los años setenta.

Yo lo conocería personalmente después, durante los años ochenta.

Terra era un hombre de pesca.

No necesitaban grandes equipos.

Muchas veces pescaban simplemente con líneas de mano.

Llevaban baldes con anchoveta que habían conseguido días antes y que servían como carnada.

Primero llegaron para mí las caballas, jureles y pejerreyes.

Pero había algo que me impresionaba especialmente:

ver a Terra sacar enormes cabrillas.

También sacaba sacos de roncachos y corvinas.

Y cuando alguno picaba, la línea terminaba en manos de los niños.

Nos la entregaban.

Y nosotros tirábamos.

Ahí comenzaba otra cosa.

Porque una cosa es ver pescar.

Y otra muy distinta es sentir el pescado.

Sentir cada cabezazo.

Cada tirón.

Cada intento de escapar.

Ese contacto con la fuerza del animal detrás de una línea fue una de las primeras cosas que me acercaron realmente a la pesca.

Pero Terra tenía también su lado cómico.

Una madrugada fuimos a buscar a mi padre alrededor de las cinco.

Y encontramos a Carlos Terra huasca, completamente borracho.

Mi padre, sin embargo, le tenía ley.

Lo respetaba.

Y aun así, terminaron yendo a pescar.

En algún momento Terra se quedó dormido sobre una piedra, rodeado por el olor de la anchoveta.

Cuando fuimos a verlo, estaba prácticamente cubierto de lagartijas.

Era imposible no reírse.

Aunque para mi madre aquellas jornadas tenían una consecuencia menos divertida:

había que limpiar y cocinar todo aquel pescado.

Antes de aprender a pescar, aprendí a mirar

Cuando hoy reconstruyo aquellos años, me doy cuenta de que mi relación con el mar no comenzó el día que tomé una caña.

Ni siquiera comenzó el día que sentí un pescado tirando de una línea.

Había comenzado mucho antes.

Había comenzado con un joven Vittorio en Lima.

Con Toquepala.

Con Atkinson enseñándole los secretos de la pesca.

Con mi madre Piedad y aquella generación de profesores y deportistas.

Con Norman y sus veranos en las playas de Tacna.

Con mis hermanos  viviendo experiencias que yo solo conocería después a través de sus recuerdos.

Con Carlos Terra pescando junto a mi padre.

Y con todas aquellas playas que, sin saberlo, estaban preparando el escenario de mi propia vida.

Porque mientras ellos vivían aquellos años, yo todavía no había llegado.

Pero el mar ya estaba dejando una huella en mi familia.

Y algún día esa huella llegaría hasta mí.


II. Cuajone: mi infancia, mi padre y el camino hacia el mar

Después de aquellos años que hoy conozco principalmente por los recuerdos de mis hermanos, llegó el tiempo que sí puedo contar desde mi propia memoria.

Fue en Cuajone.

Allí transcurrió buena parte de mi infancia y allí comencé a mirar a mi padre ya no desde los relatos de otros, sino desde mis propios ojos.

Mi padre había llegado a ocupar el cargo de jefe de almacén. Su vida estaba ligada al trabajo, a la responsabilidad y a esa disciplina que había formado su carácter. Pero fuera de las horas de trabajo estaba la otra parte de Vittorio: el hombre que disfrutaba de la familia, de los amigos y, cada vez que podía, de una bajada hacia el mar.

Cuajone era nuestro mundo cotidiano.


El paisaje era completamente distinto al de Ilo. Arriba estaba el desierto, la montaña, el campamento minero y aquella vida organizada alrededor de la mina. Abajo estaba el océano.

Y entre ambos mundos transcurría nuestra infancia.

Mi padre fuera del trabajo

Hay fotografías que, con los años, adquieren un significado que probablemente nunca tuvieron cuando fueron tomadas.

Tengo algunas de mi padre en Cuajone, celebrando cumpleaños en el jardín.


En ellas aparece rodeado de familiares y amigos, sentado a la mesa, conversando, compartiendo.

Cuando las miro ahora, no veo solamente una fotografía de un cumpleaños.

Veo a un hombre que todavía tenía por delante muchos años de vida.

Veo a mi padre antes de convertirse en recuerdo.

El jardín, las montañas al fondo, las mesas preparadas y la gente alrededor cuentan una parte de nuestra historia que a veces queda escondida detrás de las grandes aventuras de pesca.

Con los años he entendido que recordar a alguien no significa convertirlo en un santo.

Mi padre tenía un carácter fuerte.

Podía ser cariñoso, divertido y generoso, pero también podía enojarse con facilidad.

Tenía sus frases.

Sus maneras.

Sus silencios.

Y nosotros, sus hijos, aprendimos a reconocer hasta el tono con que decía las cosas.

Mis hermanos Gino y Aldo llegaron incluso a imitarlo en algunas grabaciones que quedaron registradas en aquellos antiguos cassettes familiares.

Hoy pienso que esas imitaciones, que seguramente en aquel momento nos causaban gracia, son también una forma involuntaria de conservar a mi padre.

Porque una voz desaparece cuando muere una persona.

Pero a veces queda atrapada en una cinta.

Una frase.

Una carcajada.

Una manera particular de pronunciar una palabra.

Y de pronto, muchos años después, uno vuelve a escucharla y por unos segundos parece que el tiempo no hubiera pasado.

“Con zapatos nuevos te vienes a la playa…”

Entre las historias familiares que quedaron asociadas a su carácter está aquella vez que Gino apareció en la playa con zapatos nuevos.

Mi padre lo vio.

Y no necesitó ningún discurso.

Solamente soltó su frase:

—Con zapatos nuevos te vienes a la playa, mierda...

Así era Vittorio.

Directo.

Sin demasiados rodeos.

Para él, la playa no era lugar para presumir zapatos nuevos.

Era lugar para caminar sobre piedras, mojarse, ensuciarse, pescar y aprender.

Hoy esa frase me hace sonreír.

Pero también me recuerda algo de su manera de educarnos: había cosas que, según él, simplemente no se hacían.

Y no necesitaba explicar demasiado por qué.

Las bajadas a Ilo

Desde Cuajone, el mar comenzó a formar parte de nuestra rutina familiar.

Las bajadas a Ilo tenían algo de expedición.

No era simplemente salir de casa y llegar a la playa.

Había que preparar las cosas, pensar en la carnada, cargar los aparejos y organizar el día.

Y allí volvía a aparecer Carlos Terra.

Para entonces yo ya podía observar directamente lo que antes solamente había escuchado contar.

Terra y mi padre tenían una relación construida alrededor de la pesca.

Muchas veces pescaban con líneas de mano..

Utilizaban anchoveta como carnada, que conseguían previamente y dejaban preparada, incluso salada, para que resistiera.

Al principio para mí eran suficientes las caballas, los jureles y los pejerreyes.

Pero había algo que me impresionaba especialmente:

las cabrillas que sacaba Terra.

Eran peces grandes y fuertes, cuando picaban, la línea comenzaba a transmitir algo que no se podía explicar mirando desde lejos.

El pescado estaba abajo.

Pero su fuerza llegaba directamente hasta las manos.

La primera pelea

Creo que allí empecé a entender algo que después sería fundamental en mi vida.

Pescar no consiste simplemente en sacar un pez.

Existe un instante, muy breve, en el que el hombre y el animal quedan unidos por una línea.

El pez tira.

Uno responde.

El pez vuelve a tirar.

Y uno siente cada cabezazo.

La línea transmite todo.

No hay intermediarios.

No hay pantalla.

No hay distancia.

Solamente están tus manos, el nylon y la fuerza del animal al otro lado.

Quizá por eso recuerdo tanto aquellas primeras experiencias.

Porque allí dejé de ser simplemente un niño que acompañaba a los mayores.

Comencé a sentir el mar.

Terra y aquella madrugada

Entre todos esos recuerdos hay uno que todavía me causa gracia.

Una madrugada, alrededor de las cinco, fuimos  en busca de Carlos Terra, pero Terra había llegado algo huasca, sin embargo, como Terra le tenía ley a mi padre y existía entre ellos un respeto especial, la jornada de pesca siguió adelante.

En algún momento Terra terminó quedándose dormido sobre una piedra.

El olor de la anchoveta había atraído a las lagartijas.

Cuando fuimos a verlo, prácticamente estaba rodeado de ellas.

La escena debió haber sido increíble.

Y seguramente mi padre, con ese carácter suyo, tendría algo que decir.

Son esas pequeñas historias las que hacen que una familia permanezca viva.

No solamente las grandes tragedias.

También las situaciones absurdas.

Las risas.

Las frases.

Los personajes que aparecen en una fotografía y que, años después, vuelven a caminar por nuestra memoria.

El mar alimentaba la aventura de los hombres, pero también terminaba entrando a la cocina de mi madre.

Y de alguna manera, todos participábamos.

Cuajone y el mar

Ahora, cuando recuerdo aquellos años, entiendo que Cuajone fue una especie de puente.

Yo todavía era un muchacho.

Vivía en un mundo de montaña y desierto.

Pero cada cierto tiempo descendíamos hacia Ilo y aparecía otro universo.

El olor de la anchoveta.

Las piedras mojadas.

Las pozas.

Los anzuelos.

Las líneas.

Los peces.

Mi padre.

Terra.

Y el mar.

Sin darme cuenta, estaba recibiendo una herencia.

No una herencia escrita.

No algo que pudiera guardarse en una caja.

Era una forma de mirar.

Una forma de acercarme al agua.

Una curiosidad por saber qué había debajo.

Y, sobre todo, una sensación que todavía hoy puedo reconocer:

la necesidad de volver.

El siguiente verano sería diferente

Pero todavía faltaba alguien.

Un hombre que aparecería en mi adolescencia y que terminaría enseñándome algo que mi padre y Terra, cada uno a su manera, ya habían comenzado a mostrarme.

Porque una cosa era pescar.

Otra era vivir alrededor del mar.

Ese hombre era Wayo La Motta.

Y entonces llegaron aquellos veranos en Pocoma.

Yo tenía alrededor de trece años.

Beto, Shirley , Leo y Arturo fueron los hijos de Wayo con los que compartí esos veranos en Pocoma.

Y lo que empezó como una simple estadía junto al mar terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en uno de los recuerdos más hermosos de mi vida.

Pocoma no fue solamente un lugar donde pasé el verano.

Fue el lugar donde aprendí a vivir el mar. 


IV. Pocoma: los veranos con Wayo

A mediados de los años ochenta yo tenía alrededor de trece años y todavía vivía en ese mundo de Villa Cuajone donde el tiempo parecía tener otra velocidad.

Por entonces apareció en mi vida Wayo La Motta, un hombre que trabajaba en Patio Puerto de Southern Perú y que conocía la costa como quien conoce el patio de su propia casa.

Tenía una casa de madera en Pocoma, más refugio que casa de playa. Para llegar había que tomar un camino de tierra que se metía hacia la costa. No había nada de esa comodidad que hoy uno espera encontrar en una casa frente al mar. Wayo no estaba interesado en decorar el paisaje: estaba interesado en vivirlo.

Mis padres comenzaron a dejarme allí durante las vacaciones, desde fines de diciembre hasta marzo. Ellos bajaban los fines de semana desde Cuajone y yo me quedaba buena parte del verano.

Y allí estaba toda la familia.

Beto y Arturo, Shirley y Leo, Olga, la esposa de Wayo; y también los hijos mayores de un compromiso anterior, Abraham, al que todos llamaban el Che, y La Meche, con sus propios hijos y nietos.

Aquello era una pequeña república familiar.

No había que preguntar quién estaba invitado.

La gente simplemente llegaba.

Pocoma terminaba siendo una especie de club sin carnet de socio: familiares de Wayo, amigos, gente de Moquegua, conocidos que aparecían cada verano y hasta algunos personajes de Southern que uno veía llegar con ese aire de gente importante que tenían algunos de los jefes.

También solía ir el doctor Dongo con su familia.

Era una mezcla curiosa.

Y quizá ahí estaba una de las habilidades de Wayo: sabía juntar gente.

Era práctico, trabajador y tremendamente despierto para las relaciones humanas. Sabía quién era quién, conocía a la gente y sabía mantener sus vínculos. Su amistad con mi padre seguramente tenía una parte de afecto, otra de pesca y también, como ocurre muchas veces en la vida, una parte de inteligencia para moverse dentro de ese mundo.

Mi padre tenía llegada con la gente de arriba.

Wayo lo sabía.

Pero tampoco creo que todo pueda reducirse a eso. Había pesca, confianza, años de amistad y una manera parecida de entender la vida.

El hombre que siempre estaba haciendo algo

Wayo tenía algo casi militar.

Siempre estaba haciendo algo.

Si no estaba reparando la casa, estaba construyendo una sombra para la embarcación. Si no estaba preparando una salida, estaba pensando cómo conseguir agua, leña o comida.

Nos mandaba a buscar leña por los olivares cercanos. Había que caminar, cargarla y regresar.

El agua se conseguía en los puquios.

Para nosotros aquello era parte del verano.

Hoy lo recuerdo y pienso que Wayo nos estaba enseñando algo sin dar ninguna clase: en el desierto, todo cuesta.

La comodidad no estaba garantizada.

Había que conseguirla.

Y quizás por eso, al principio, yo no entendía demasiado aquella casa.

Me parecía que a Wayo le faltaba un poco de sentido estético.

Con los años entendí que yo estaba mirando la casa equivocada.

Aquello no era una casa para mirar.

Era una casa para sobrevivir al verano, cocinar, dormir, pescar y vivir.

Cuando llegaban mis padres

Los fines de semana cambiaba todo.

Mis padres llegaban desde Cuajone con unas fuentes enormes de rocoto relleno y lasañas.

Se cocinaba con leña de olivo y ese olor se me quedó grabado para siempre.

Hay olores que funcionan como máquinas del tiempo.

Hoy puedo sentir el olor de la madera de olivo quemándose y, de alguna manera, vuelvo a Pocoma.

También llegaba pan de Torata, frutas de Moquegua y todo aquello que mis padres traían desde arriba.

El contraste era hermoso: el desierto, el mar, la casa sencilla de Wayo y de pronto una mesa llena de comida.

El Pocoma que yo prefería

Pero hay algo que quizás ahora puedo decir con más honestidad.

Yo no siempre disfrutaba cuando Pocoma estaba lleno.

Cuando llegaba demasiada gente, aparecían los tragos, las voces fuertes, los adultos conversando hasta cualquier hora, los ronquidos, la falta de espacio.

Yo prefería esos días en que éramos pocos.

Cuando el mar podía escucharse.

Cuando había una fogata y no veinte conversaciones encima.

Cuando uno podía quedarse mirando las estrellas sin que nadie estuviera gritando al lado.

Es curioso: de adolescente uno piensa que lo importante son las fiestas, las chicas, los amigos, la bulla.

Pero cuando pasan los años, muchas veces uno termina recordando justamente el silencio.

Wayo y el mar

Porque si había algo que Wayo dominaba era el mar.

Sabía sacar tolinas, lapas, almejas, pulpos, erizos y jaibas Popeye.

Las tolina tenían su propio ritual.

Se sacaba la carne, se golpeaba para ablandarla y se le daba una cocción ligera. Después venían la cebolla en cubitos, tomate, culantro, rocoto, sal, pimienta y aceite de oliva.

Y listo.

Una sarza de tolina hecha con lo que el mar acababa de entregar.

Olga hacía también un chupe de mariscos y jaibas que todavía recuerdo.

Y estaban las tocolas: abrirlas con cuidado y sacar la carne con una cuchara, tratando de no desperdiciar nada.

En Jaboncillo, aproximadamente un kilómetro al norte de Pocoma, Wayo sabía exactamente cuándo la playa comenzaba a arenar y cuándo era el momento de buscar las jaibas Popeye.

Él conocía esos cambios.

Nosotros apenas comenzábamos a aprenderlos.

La embarcación

A un lado de la casa tenía un canal por donde entraba la embarcación.

Eso ya decía bastante de Wayo.

No era un hombre que simplemente se sentara frente al mar a contemplarlo.

El mar era una herramienta, una despensa, un camino y también una forma de vida.

Por las tardes podía colocar su red, esa especie de cortina que dejaba trabajando hasta el amanecer.

Al día siguiente podía aparecer una pesca de chitas, corvinas, bonitos.

Una vez recuerdo incluso un dorado enorme.

Y allí fue donde yo empecé a entender otra cosa.

Que pescar no consistía solamente en sacar un pescado.

Había que conocer la hora, el viento, la corriente, el fondo, las mareas, el lugar.

Había que aprender a leer.

Mi chita

Uno de esos aprendizajes me tocó directamente.

Pesqué una chita de unos tres kilos, con línea de mano.

Todavía recuerdo la pelea.

Cada cabeceo del pescado se sentía directamente en la mano.

No había caña sofisticada que amortiguara nada.

Era el pez, la línea y tú.

Y en esos segundos entendí por qué aquella gente podía pasar la vida persiguiendo peces.

No era solamente el pescado.

Era la pelea.

Era la incertidumbre.

Era ese instante en que uno no sabe quién va a ganar.

El cumpleaños de Wayo

Wayo cumplía años el 5 de enero.

En una de esas ocasiones nos fuimos hasta Yerba Buena, unos treinta kilómetros al norte de Pocoma, para conseguir un chivo.

Wayo sabía sacrificarlo y prepararlo.

Otra vez aparecía esa característica suya: siempre sabía hacer algo.

Conseguir comida.

Pescar.

Arreglar.

Construir.

Mover gente.

Encontrar agua.

Leer el mar.

Era un hombre práctico en un mundo donde ser práctico no era una virtud decorativa.

Era una necesidad.

Lo que Wayo me enseñó

Muchos años después puedo ordenar mejor las piezas.

Antes de Wayo, el mar ya estaba en mi familia.

Mi padre había aprendido de otros pescadores y había llevado esa afición a nuestra casa. En Toquepala, hombres como Atkinson habían formado parte de esa cadena. Carlos Terra me había mostrado de niño lo que significaba sentir la pelea de un pescado.

Pero Wayo fue diferente.

Wayo me enseñó a vivir el mar.

No solamente a pescar.

A caminarlo.

A conocer sus playas.

A saber dónde buscar comida.

A entender que el desierto también tenía sus caminos y sus secretos.

A respetar el clima, las mareas y los cambios del agua.

Y también, aunque entonces yo no lo sabía, me enseñó que el mar podía ser una forma de vida.

Después vendrían muchas otras cosas.

La universidad que quedó a medias. La música electrónica. El CFAM. La viticultura. Los años en que la pesca era solamente una afición de fin de semana. Raúl y el spinning. Las largas caminatas detrás de los lenguados. Y finalmente la pandemia, cuando el mundo entero se encerró y a nosotros los pescadores nos tocó volver al mar.

Pero si tengo que buscar el principio de todo eso, tendría que volver a una casa de madera en Pocoma.

A una fogata.

Al olor de la leña de olivo.

A una familia enorme entrando y saliendo.

A Wayo preparando alguna nueva aventura.

Y a un muchacho de trece años mirando el mar sin imaginar todavía que muchos años después iba a terminar ganándose la vida con aquello que en esos veranos parecía simplemente un juego.

Antes de aprender a vivir de la pesca, aprendí a amar el mar.

Y buena parte de ese aprendizaje comenzó en Pocoma.

jueves, 25 de junio de 2026

Mery Rivera de Badoino, nuestra Sambita

 Por: Vittorio Badoino Rivera 

Al cumplirse un año de la partida de mi tía Mery, no quiero hablar únicamente de su ausencia. Quiero recordar la vida intensa, alegre y valiente que tuvo.


Mery Rivera Llanos nació en una familia numerosa, hija de Mariano Rivera y Virgilia Llanos. Compartió su infancia junto a sus hermanas Piedad, Julia, Deny y Carmela, Jesús y Óscar. Creció entre chacras, árboles frutales, animales y ríos, en una época en que la vida era sencilla pero exigente.

Mi madre siempre decía que Mery era intrépida. Le gustaba montar burros, trepar árboles para recoger fruta y cruzar ríos sin temor. Jugaba con la misma libertad que los muchachos y desde niña mostraba el carácter decidido que la acompañaría toda su vida.

La vida la golpeó temprano. Su padre Mariano falleció cuando ella tenía apenas doce años. Aquella pérdida marcó a toda la familia, pero también contribuyó a forjar en ella una fortaleza que nunca la abandonó.

Años después se casó con Enio Badoino, hermano de mi padre. Curiosamente, los hermanos se casaron con las hermanas: Enio con Mery y Vittorio con Piedad. Así quedaron unidas dos familias para siempre.

Mery y Enio vivieron en el antiguo Molino durante sus primeros años de matrimonio. No siempre fue una vida fácil, hubo dificultades y desafíos. Sin embargo, Mery supo salir adelante con la misma firmeza que había demostrado desde niña.

Fue profesora de manualidades en Toquepala y Moquegua. Y aunque su especialidad eran los trabajos manuales, quienes la recuerdan no hablan únicamente de lo que enseñaba con las manos, sino de lo que enseñaba con el ejemplo.

En septiembre de 2023 recibió un reconocimiento muy especial de los exalumnos de la promoción 1976 del Colegio Gregorio Albarracín de Toquepala. En la placa se lee que fue una guía permanente en su formación y que les inculcó valores y virtudes para ser personas de bien. No existe reconocimiento más valioso para una maestra que ser recordada con gratitud después de casi cincuenta años.

La cocina también era su lenguaje de amor.

Quien tuvo la suerte de sentarse a su mesa difícilmente olvidará sus platos. Mery era una cocinera extraordinaria, heredera de la cocina tradicional moqueguana. Preparaba con maestría el sopiado de mondongo, el sancochado y chuño frito, la caigua rellena y tantos otros potajes de antaño que hoy forman parte del patrimonio gastronómico de nuestra tierra.

En la cocina era tan auténtica como en su carácter. Defendía con firmeza las recetas tradicionales moqueguanas y no aceptaba que se alteraran con ingredientes ajenos o atajos modernos. Para ella, un plato debía conservar el sabor con el que había sido heredado. Si alguien proponía cambiar una receta, probablemente recibiría una respuesta inmediata. Mery entendía que cocinar también era preservar la memoria de un pueblo.


Tenía frases que quedaron grabadas en la memoria familiar.

Cuando uno demoraba en llamarla, respondía:

—"¡Recién te acuerdas, perroooo!"

Cuando veía a alguno de sus sobrinos, solía decir:

—"¡Qué buen mozo!" —"¡Qué bonita camisa!" —"¡Qué bonita casaca!"

Y cuando alguien no le inspiraba demasiada confianza, soltaba con total naturalidad:

—"Este es más pavo..."

Era observadora como pocas personas. Más de una vez me vio hacer algún gesto y me dijo:

—"Has hecho ese gesto igualito a Tololito."

Y tenía razón.

Su memoria era extraordinaria. Podía pasar horas contando historias familiares. Historias de la chacra, del Molino, de Toquepala, de Enio, de mis padres y de una época que hoy parece muy lejana. A mí me encantaba escucharla. Gracias a ella conocí detalles de nuestra historia familiar que probablemente se habrían perdido para siempre.


También fue una gran cantante. En los cumpleaños familiares siempre había un momento en que todos esperaban escucharla cantar. Lo hacía con sentimiento, con sinceridad y con una emoción que llegaba a todos los presentes.


Cuando cumplí cincuenta años reuní a mi familia para celebrarlo. Mery no fue una invitada más. Con la naturalidad que siempre la caracterizó, tomó las riendas de la ceremonia, animó el encuentro y convirtió la reunión en un momento inolvidable. Al final, me dedicó una canción. Era su manera de abrazar a quienes quería. No necesitaba grandes discursos; bastaba su voz para decir lo que llevaba en el corazón.

Conservo especialmente un video grabado en Lima en mayo de 2010. Mi madre, Piedad, seguía entonces un tratamiento médico. A Mery no le gustaban mucho los viajes ni las grandes ciudades, pero viajó para acompañarla. En aquella reunión le dedicó una canción. Cuatro meses después, mi madre partiría. Hoy ese video es uno de los recuerdos más valiosos que conserva nuestra familia.

La música no era un pasatiempo para Mery. Era su forma de acompañar, de agradecer y de querer.

Quienes la conocieron también recuerdan su risa. Era sonora, escandalosa y absolutamente contagiosa. Bastaba escucharla para que todos terminaran sonriendo.

Más de noventa años conservó intacta esa energía.

Cuando sus hijos y nietos organizaron su homenaje de cumpleaños, algunos sugerían cambiar la fecha para facilitar la asistencia de los invitados. Ella fue categórica:


Durante aquella celebración ocurrió una escena que nunca olvidaré. Mientras le cantaban el cumpleaños, el coro comenzó a desentonar un poco. De pronto, con una energía que parecía desafiar los años, empezó a aplaudir y a cantar con fuerza, levantando la canción y contagiando a todos los presentes. Yo estaba frente a ella, grabando el momento. Sonreí para mis adentros porque reconocí inmediatamente ese gesto tan suyo. Era imposible que se quedara como simple espectadora.
Cumpleaños 90

Este acto resume perfectamente su personalidad:

Así era Mery:

Auténtica.

Directa.

Espontánea.

Valiente.

Cariñosa.

Hoy, al recordarla, no pienso solamente en la mujer que partió hace un año. Pienso en la niña que cruzaba ríos, en la profesora querida por sus alumnos, en la hermana que acompañó a mi madre, en la narradora de historias, en la cantante de los cumpleaños y en la tía que siempre tenía una palabra, una broma o una carcajada para compartir.

Porque algunas personas pasan por la vida.

Y otras dejan huellas.

Mery Rivera de Badoino, nuestra querida Sambita, pertenece sin duda a estas últimas.

Hasta siempre, Sambita. Tu voz, tu risa y tus historias siguen viviendo entre nosotros. ❤️



viernes, 19 de junio de 2026

Somos Libres: la música como destino

 Por : Vittorio Badoino Rivera 

    A veces pienso que la música nos elige mucho antes de que nosotros la elijamos.

Durante años creí que mi historia con la música había comenzado en alguna radio, en un casete grabado o en una fiesta de juventud. Con el tiempo comprendí que no era así. Mi historia había comenzado mucho antes de mi nacimiento, en un tiempo que sólo conozco por fotografías, relatos familiares y recuerdos heredados.

Quizás comenzó en el viejo molino de Estuquiña.

https://piedadriverallanos.blogspot.com/2026/06/estuquina-el-molino-donde-echaron.html

Quizás en aquel gramófono que llenaba de sonidos las habitaciones donde mis abuelos construían sus vidas.

Quizás en los discos de Autari girando lentamente mientras el valle seguía el ritmo de las estaciones, las cosechas y el agua que descendía por las acequias.

La música ya estaba allí.

Esperándome.

Muchos años después, mi padre, Vittorio Badoino Acervo, partió a Lima para terminar sus estudios. En aquella ciudad descubrió las peñas criollas, las guitarras nocturnas y las voces que hablaban de amor, nostalgia y ausencia. Los Embajadores Criollos se convirtieron en parte de su vida, como si aquellas canciones le recordaran que siempre existe un lugar al que pertenecemos, incluso cuando estamos lejos.

Luego llegaron los campamentos mineros.

Toquepala.

Cuajone.

Los desiertos inmensos.

Las montañas.

El viento.

Y una familia que crecía en medio de un país que también cambiaba.

Yo fui el menor de los hermanos.

Cuando era niño, mi hermano Jorge, "Tote", me llevaba a recorrer las calles en su Volkswagen Variant rojo. Sonaban Neil Diamond, The Beatles, Creedence Clearwater Revival y Led Zeppelin. Yo apenas entendía las letras, pero ya sentía algo imposible de explicar.


La música tenía una extraña capacidad para transformar el tiempo.

Una canción podía convertir un viaje corto en una aventura.

Una melodía podía quedarse viviendo en la memoria durante décadas.

Todavía hoy ocurre.

Hay canciones que escucho y vuelvo a ser aquel niño.

Hay canciones que abren puertas que creía cerradas para siempre.

En Cuajone descubrí otra verdad.

La música no sólo acompañaba la vida.

También unía a las personas.

Comencé a buscar sonidos nuevos. Casetes que pasaban de mano en mano. Canciones grabadas una y otra vez. Horas enteras escuchando, descubriendo, seleccionando.

Sin darme cuenta, me convertí en el encargado de poner música en las fiestas de los amigos.


No era un trabajo.

Era una forma de compartir felicidad.

Años después llegaría Lima.

Luego Arequipa.

Y con ellas nuevas puertas.

Recuerdo las noches escuchando Doble Nueve y Telestereo. Esperando una canción para grabarla en un casete. Recuerdo enviar aquellas cintas a Moquegua para que mi hermano las hiciera sonar en El Bandido.

Recuerdo también el descubrimiento de la música electrónica.

Fue como contemplar un paisaje desconocido.

No era sólo un género musical.

Era una manera diferente de entender el sonido, el espacio y el encuentro humano.

Comprendí que una pista de baile podía convertirse en algo más que un lugar para bailar.

Podía convertirse en una comunidad.

En una experiencia compartida.

En un pequeño universo donde desaparecían por unas horas las diferencias, los temores y las preocupaciones.

Mientras todo aquello ocurría, la vida seguía enseñándome sus lecciones.

En 1990 perdí a mi padre.

Su ausencia dejó un silencio difícil de describir.

Y sin embargo, con el paso de los años, descubrí que hay personas que nunca se van del todo.

Permanecen en las costumbres.

En los recuerdos.

En las historias que contamos.

Y a veces también permanecen en la música.

Porque cada canción escuchada juntos se convierte en una forma de eternidad.

Quizás por eso seguimos escuchando.

Quizás por eso seguimos reuniéndonos.

Quizás por eso seguimos bailando.

 

En 2004 nació OM Producciones y con ella nació Somos Libres.

No sabía entonces que aquella primera fiesta sería el comienzo de un viaje de más de dos décadas.

Tampoco imaginaba que artistas provenientes de Corea del Sur, Chile, Argentina, España e Inglaterra llegarían alguna vez a Moquegua.

Ni que personas del norte de Chile, Lima y todo el sur peruano harían suyo este encuentro.

La primera edición reunió cerca de quinientas personas.

Las siguientes reunieron muchas más.

Pero nunca fueron los números lo más importante.

Lo verdaderamente importante era aquello que no podía medirse.

La emoción.

La conexión.

La energía invisible que aparece cuando cientos de personas laten al mismo ritmo.

Con el paso de los años, muchos artistas comenzaron a sentirse en Moquegua como si estuvieran en casa.

Y gran parte de esa sensación tenía un nombre: Piedad Rivera de Badoino.

Mi madre no sólo apoyó cada uno de los proyectos que emprendí. También abrió las puertas de su hogar a muchos de los artistas que llegaban para participar en Somos Libres.

Quienes la conocieron recuerdan especialmente su cocina.

Después de largos viajes, pruebas de sonido y noches de fiesta, era frecuente que los DJs terminaran sentados a su mesa disfrutando de los platos que preparaba con el mismo cariño con el que recibía a cada visitante.

Con el tiempo, varios de ellos comenzaron a llamarla cariñosamente "La Señora Consuelo".

El apodo nació en aquellos años en que sonaba un popular track electrónico, cuya letra repetía una frase que todos recordaban: "Ay ay ay Consuelo..."

https://youtu.be/chPCVzLeuv8?si=W6heoROEOd_i2WJn

La broma se quedó para siempre.

Cada vez que algún artista regresaba a Moquegua preguntaba por ella. No preguntaban únicamente por la fiesta o por el evento. Preguntaban por la Señora Consuelo.

Porque más allá de la música, ella representaba algo que no se encuentra fácilmente en el mundo de los eventos: hospitalidad genuina.

Muchos llegaron como invitados.

Muchos se fueron sintiéndose parte de la familia.

Por eso, cuando pienso en la historia de Somos Libres, no sólo recuerdo escenarios, luces y música.

También recuerdo una mesa servida, una cocina llena de aromas y a mi madre sonriendo mientras alimentaba a personas que habían llegado desde lugares muy distintos del mundo.

Quizás sin proponérselo, ella terminó convirtiéndose en una de las almas más queridas de esta historia.


Hoy, después de veintidós años, miro hacia atrás y entiendo algo que antes no veía.


Somos Libres nunca fue solamente una fiesta.

Es una conversación entre generaciones.

Es el eco lejano de un gramófono en Estuquiña.

Es la voz de mi padre cantando música criolla en algún rincón de su memoria.

Es el Volkswagen rojo de Tote atravesando las calles de Toquepala con una canción de Creedence sonando en el aire.

Es el adolescente que grababa casetes frente a una radio.

Es el joven que descubrió la música electrónica en Arequipa.

Es cada persona que alguna vez llegó a una edición de Somos Libres buscando algo que quizás ni siquiera sabía nombrar.

Porque al final la música no nos pertenece.

Somos nosotros quienes pertenecemos a ella.

La música estaba aquí antes que nosotros.

Y seguirá aquí cuando ya no estemos.

Nos presta por un instante sus melodías para que podamos encontrarnos, reconocernos y celebrar el milagro de estar vivos.

Tal vez esa sea la verdadera libertad.

Y tal vez por eso, después de tantos años, seguimos llamándonos Somos Libres.

martes, 16 de junio de 2026

Estuquiña: el molino donde echaron raíces mis antepasados

Por : Vittorio Badoino Rivera 

    Durante muchos años escuché hablar del Molino de Estuquiña como quien escucha una leyenda familiar. Mi padre, Vittorio Badoino Acervo, recordaba historias de aquel lugar donde habían vivido sus padres, abuelos y tíos. Para mí era un nombre asociado a fotografías antiguas, relatos de sobremesa y recuerdos transmitidos de generación en generación.

Con el tiempo comencé a reconstruir esa historia.

Mi bisabuelo fue Esteban Acervo Asunta, natural de Arquata Scrivia, Italia, un pequeño pueblo del Piamonte situado cerca de Génova. Como miles de italianos de su época, abandonó Europa en busca de nuevas oportunidades y llegó a Sudamérica a través de Chile.

¿Cómo era Arquata Scrivia cuando nació Estévan?

Arquata Scrivia es un pequeño pueblo del norte de Italia, en la provincia de Alessandria, región de Piamonte, muy cerca de Liguria y del puerto de Génova. Históricamente fue un lugar de paso obligado entre el norte de Italia y el mar Mediterráneo, por donde transitaban comerciantes, viajeros y mercancías. 

Está situado en el valle del río Scrivia, rodeado por las estribaciones de los Apeninos. A fines del siglo XIX tenía una economía basada en agricultura, comercio y pequeños oficios, muy distinta a las grandes ciudades industriales. 

Un detalle que podría explicar su viaje.

Arquata se encuentra relativamente cerca de Génova, uno de los principales puertos de emigración de Italia. Entre 1870 y 1914 millones de italianos abandonaron el país debido a la pobreza rural, las crisis agrícolas y la búsqueda de oportunidades en América.

Si Estévan nació hacia fines del siglo XIX, es muy probable que haya partido desde Génova o sus alrededores rumbo a Sudamérica. El hecho de que la tradición familiar diga que llegó por Chile encaja perfectamente con las rutas marítimas de la época. Muchos barcos italianos cruzaban el Atlántico, pasaban por el Estrecho de Magallanes y recalaban en puertos chilenos antes de continuar hacia Perú. 

El mundo que dejó atrás

Arquata Scrivia conserva todavía un aspecto medieval, con callejuelas de piedra, una torre fortificada y construcciones antiguas que dominan el valle. Durante siglos estuvo disputada entre Génova y otros poderes regionales debido a su posición estratégica. 

Cuando veo las fotos de la familia en Estuquiña, imagino que Estévan debió encontrar algo familiar en los valles de Moquegua: agricultura, acequias, molinos y comunidades pequeñas. No sería extraño que el paisaje agrícola de Estuquiña le recordara, aunque de forma mucho más árida, los valles de su juventud en el norte de Italia.

En tierras chilenas conoció a Clotilde Calderón, una mujer chilena que, según la tradición familiar, tenía ascendencia araucana o mapuche. Juntos formaron una familia y posteriormente se establecieron en el sur del Perú.

Los documentos conservados por la familia revelan que ya en 1902 ambos residían en Estuquiña. Ese año comparecieron ante las autoridades de Moquegua para reconocer legalmente a su hija Marina Acervo, nacida el 20 de abril de 1901. En aquella partida de reconocimiento, Esteban aparece registrado como comerciante, natural de Arquata Scrivia y de 46 años de edad. Clotilde, de 33 años, figura como chilena y vecina de Estuquiña.

Años después, Esteban adquiriría el Gran Molino y Fideilería de Estuquiña, convirtiéndolo en uno de los establecimientos más importantes de la zona. Un antiguo aviso publicitario de la época todavía anuncia la venta de trigos y harinas bajo su nombre.

Las fotografías familiares permiten asomarse a aquel mundo desaparecido. En una de ellas aparecen Esteban y Clotilde junto a sus hijos Octavio, Marina y Autari. En otra se observa el interior del molino funcionando, con sus enormes piedras de molienda, correas y engranajes en pleno trabajo.

Pero el molino no fue solamente una empresa. También fue un hogar.

Entre las reliquias familiares se conserva un antiguo gramófono Victrola y varios discos pertenecientes a Autari E. Acervo C., uno de los hijos de Esteban y Clotilde. Uno de ellos contiene una grabación del célebre tenor italiano Enrico Caruso. Resulta inevitable imaginar a la familia reunida en las noches de Estuquiña escuchando música mientras el molino descansaba después de la jornada.


Con el paso de los años, Marina Acervo formó su propia familia. Entre sus hijos estuvo Vittorio Badoino Acervo, mi padre. Algunas fotografías lo muestran siendo apenas un niño junto a su hermano Enio, jugando entre los jardines y huertos de la propiedad.

La historia también tuvo sus tristezas. Autari falleció en 1942, antes que sus propios padres. Sin embargo, su nombre sigue vivo en los discos que conservó la familia y que han llegado hasta nuestros días.

Esteban y Clotilde permanecieron en Estuquiña hasta sus últimos años. Sus tumbas en el cementerio de Moquegua son hoy un recordatorio silencioso de una vida de esfuerzo y trabajo. Un inmigrante italiano y una mujer chilena que construyeron su hogar en el valle moqueguano y dejaron una huella que aún perdura entre sus descendientes.

Más de un siglo después, las fotografías, los documentos, los discos y los recuerdos familiares me han permitido reconstruir parte de esa historia.

Cuando visito Estuquiña ya no veo solamente un antiguo molino. Veo el lugar donde mis antepasados trabajaron, formaron una familia, escucharon música, criaron a sus hijos y construyeron un futuro.

Y comprendo que la historia del Molino de Estuquiña es también la historia de mi familia.

miércoles, 10 de junio de 2026

Al calor del fogón en Escapalaque

Por: Vittorio Badoino Rivera 

 La mañana comenzó con una idea sencilla: preparar una cazuela. Pero como ocurre a menudo en Moquegua, las cosas sencillas terminan convirtiéndose en recuerdos que permanecen por mucho tiempo.

El escenario era la bodega Don Camilo, en el fundo Escapalaque, Alto La Villa. Un lugar especial para mí no solo por su historia, sino también por los vínculos familiares que me unen a él. Don Camilo Valdivia Rivera, padre de Diana, pertenece a la rama Rivera de mi familia, la misma de mi madre.

Escapalaque es mucho más que una bodega. Es un rincón histórico del valle moqueguano donde aún sobreviven antiguas tinajas que datan del siglo XVII, testigos silenciosos de generaciones de agricultores, viñateros y familias que han vivido al ritmo de las cosechas y las vendimias. Probablemente sea una de las bodegas más antiguas que continúan en funcionamiento en la ciudad.

Aquella mañana encendimos el fogón de leña y comenzamos la preparación de la cazuela. Primero doré las presas de pollo con ajo, sal, pimienta y cebolla picada. Cuando el aderezo estuvo en su punto incorporé el ají amarillo y un pequeño chorro de Syrah de la propia bodega Don Camilo. El vino se mezcló con los aromas del aderezo y terminó formando parte del alma del plato.

Luego llegaron las papas, las zanahorias, el apio, el cilantro y los choclos. Las alberjitas fueron reservadas para el final. La olla comenzó a hervir lentamente mientras la leña hacía su trabajo, sin apuros ni relojes.

Mientras la cazuela se cocinaba recorrimos la huerta ubicada en las laderas de la chacra, una especie de andenería que asciende por el cerro aprovechando cada espacio cultivable. Allí crecen paltos, naranjos, guayabos, pomarosas y ciruelos. Pero las verdaderas protagonistas de la temporada eran las chirimoyas.

Recoger una chirimoya madura directamente del árbol sigue siendo uno de esos pequeños privilegios que el campo todavía conserva. Dulces, perfumadas y generosas, parecían resumir la riqueza agrícola del valle en una sola fruta.

La bodega también tenía sus propios habitantes. Preta, una imponente fila brasileño atigrada, vigilaba los alrededores con la serenidad de quien conoce perfectamente su territorio. Una pequeña perrita negra nos acompañaba durante los recorridos por la chacra, mientras una gata naranja, llegada misteriosamente hacía unos tres años, aparecía y desaparecía entre patios y corredores como si hubiera vivido allí toda la vida.


Cuando la cazuela estuvo lista, saqué la gran olla del fogón y la llevé hasta la mesa. El aroma llenó la cocina. Servimos cada plato con cilantro fresco picado, limón y rocoto torateño.

La conversación fue tomando el lugar de la cocina. Entonces Diana apareció con una botella de Syrah de la casa. Las copas comenzaron a llenarse mientras seguíamos hablando de la familia, de Moquegua, de historias antiguas y de amigos comunes.

Poco después llegó George con un parlante bajo el brazo. No tardaron en sonar las primeras canciones de Creedence Clearwater Revival. La música se mezcló con el vino, las conversaciones y la tranquilidad de la tarde.

Y entonces apareció la magia que siempre encuentro en la campiña moqueguana.

Pasadas las tres de la tarde, la luz comenzó a transformarse. Los cerros áridos adquirieron tonos cobrizos. Las chacras parecían más verdes. Los árboles frutales proyectaban sombras largas sobre los caminos. Todo el valle se cubrió de un dorado imposible de reproducir en una fotografía.

Siempre he pensado que los atardeceres moqueguanos son incomparables. No solo por sus colores, sino porque parecen detener el tiempo. La campiña adquiere una tonalidad especial que invita a la conversación tranquila y a la contemplación.

Mientras observaba aquella luz dorada sobre Escapalaque recordé un texto escrito por mi madre, Piedad Rivera de Badoino. Años después de su partida decidí reunir sus escritos en un blog con su nombre. Entre ellos se encuentra una evocación de las antiguas cocinas moqueguanas, de los fogones de leña y de las reuniones familiares alrededor de la mesa.

Aquella tarde comprendí que sus palabras seguían vivas.

No estaban solamente en una página escrita años atrás. Estaban en la olla que había hervido sobre el fogón. En el vino servido entre amigos. En las chirimoyas recién cosechadas. En la vieja bodega de nuestros parientes. En la música sonando mientras caía la tarde.

Las antiguas tinajas de Escapalaque han visto pasar siglos de historia. Han presenciado cosechas, celebraciones, despedidas y encuentros familiares. Aquella tarde fueron testigos de una historia más.

Cuando emprendimos el regreso, Creedence seguía sonando suavemente. Sobre la mesa quedaban algunas copas vacías y los restos de las últimas chirimoyas compartidas.

Pensé entonces que la riqueza de Moquegua no está solamente en sus vinos, en sus frutas o en sus paisajes.

Está en momentos como este.

Una cazuela cocinada a leña. Un vino nacido en el valle. Amigos alrededor de una mesa. Y la certeza de que algunas tradiciones siguen vivas porque todavía hay quienes están dispuestos a vivirlas. 


domingo, 31 de mayo de 2026

Andrew Mitchell: el hombre que seguía habitando el valle

 Por: Vittorio Badoino Rivera 

Hay personas que dejan huella por las cosas que hacen. Otras, por los cargos que ocupan. Y algunas, más escasas, dejan una marca simplemente por la forma en que estuvieron en el mundo.

Andrew Mitchell pertenecía a esta última categoría.

Hablar de Andrew es hablar de una vida que transitó entre varios mundos sin perder nunca la sencillez. Hijo de misioneros provenientes de Irlanda del Norte, creció entre dos culturas. Mientras sus padres desarrollaban su labor pastoral en el sur del Perú, Andrew pasó buena parte de su juventud estudiando en un internado en Inglaterra, regresando al país durante las vacaciones. Aquella experiencia le dio una mirada amplia, una mezcla singular de disciplina británica y sensibilidad peruana que lo acompañaría toda la vida.

Sus padres, conocidos por muchos moqueguanos como Mitchell and Porter, dejaron una profunda huella en la región. Su trabajo pastoral, educativo y comunitario fue recordado durante décadas, hasta el punto de dar nombre a instituciones educativas de la zona. Entre sus recuerdos familiares sobrevivía una antigua máquina para coser lona, una herramienta robusta utilizada para confeccionar y reparar las grandes carpas de los campamentos que organizaban en las playas de Ilo y Mejía.

Aquellos campamentos marcaron generaciones.

Y también marcaron a Andrew.

Verano tras verano participaba en aquellas jornadas junto al mar, donde se mezclaban amistad, aprendizaje, comunidad y aventura. Quizás allí nació parte de su conexión con los espacios abiertos, con la costa y con esa capacidad tan suya de reunir personas sin necesidad de protagonismo.

La educación fue siempre una constante en su vida. Fue profesor de inglés y posteriormente supervisor de los colegios de Southern Perú. Más adelante enseñó en Lima, en instituciones tan prestigiosas como el Markham y el Newton College. Quienes fueron sus alumnos recuerdan no solamente a un maestro competente, sino a una persona capaz de despertar curiosidad, confianza y afecto.

No eran pocos los exalumnos que años después seguían buscándolo.

Algunos incluso viajaban hasta Moquegua para visitarlo.

Porque Andrew no era simplemente un profesor de inglés.

Era uno de esos maestros que permanecen en la memoria.

Su trayectoria también lo llevó lejos del Perú. Durante una temporada trabajó en Khartoum, Sudán, en un colegio inglés. Fue una experiencia más en una vida marcada por los desplazamientos, aunque siempre terminaba regresando al sur peruano, como si allí estuviera el centro de gravedad de su historia.

Con el tiempo encontró su lugar en el valle.

Compró una media hectárea a la señora Paulina y construyó su casa en el sector de El Conde, junto a la Panamericana. Desde las lomas que rodean el valle podía verse la propiedad integrada al paisaje, discreta entre el verde de los cultivos y los tonos ocres del desierto.


El lugar reflejaba perfectamente a su dueño.

No era ostentoso.

Era auténtico.

Junto a la casa levantó un almacén destinado a un proyecto que lo entusiasmaba especialmente: la comercialización de tejidos, lanas y productos de alpaca provenientes de la sierra. Parecía una iniciativa con futuro. Había visión, contactos e interés genuino por rescatar tradiciones textiles andinas.

Sin embargo, como ocurre tantas veces en la vida, los planes tomaron otro rumbo.

El proyecto nunca llegó a desarrollarse plenamente.

Después del terremoto de 2001, Andrew decidió mudarse al propio almacén, adaptándolo como vivienda. Aquel espacio pensado para guardar tejidos terminó convirtiéndose en hogar.

Era una decisión muy propia de él.

Sin dramatismos.

Sin grandes explicaciones.

Simplemente siguiendo el curso natural de las cosas.

Quienes visitaban su casa encontraban un mundo particular. Muebles antiguos, adornos cuidadosamente escogidos, baúles cargados de historia y objetos traídos de distintos momentos de su vida. Nada parecía estar allí por casualidad. Cada pieza contaba algo.

Con los años, muchos de esos muebles y baúles fueron donados por su hermano al Bandido, encontrando una nueva vida en ese espacio cultural y de encuentro que tanto significó para la familia y los amigos.

De alguna manera, Andrew siguió presente allí.

También formaban parte de su hogar las presencias cotidianas que lo acompañaron durante años: Ina, su fiel cuidadora, y Osa, una labradora color café que compartía con él la tranquilidad de los días en El Conde.

Quienes lo conocieron recuerdan especialmente su manera de estar. La facilidad para conversar. El humor fino. La sonrisa discreta. La ausencia total de pretensión.

Andrew podía hablar de educación, de viajes, de historia, de la vida en Inglaterra, de los campamentos en la playa o de cualquier asunto cotidiano con la misma naturalidad.

Y siempre parecía escuchar más de lo que hablaba.

Cuando se inauguró La Estación El Conde, muchos de los presentes sintieron que aquel lugar representaba algo que Andrew entendía muy bien: la importancia de crear espacios donde las personas pudieran encontrarse. No necesariamente para hacer algo extraordinario, sino para compartir.

Porque, en el fondo, esa había sido una constante en toda su vida.

Construir comunidad.

Tender puentes.

Generar encuentros.

Hoy, al recorrer el valle desde las lomas que dominan El Conde, resulta inevitable pensar en él. En su casa junto a la carretera. En el almacén convertido en hogar. En los muebles que aún conservan su memoria. En las historias que siguen circulando entre quienes lo conocieron.

Algunas personas abandonan los lugares.

Otras permanecen.

Andrew pertenece a estas últimas.

Porque hay seres humanos cuya presencia no desaparece cuando dejan de estar físicamente.

Simplemente se integra al paisaje.

Y así, entre el verde del valle, el polvo del desierto, el sonido lejano de la Panamericana y los recuerdos de quienes compartieron un tramo del camino con él, Andrew Mitchell continúa habitando El Conde.

viernes, 29 de mayo de 2026

La llanta, el desierto y el valle

Por: Vittorio Badoino Rivera 

Ayer volví de Ilo en la moto.
Como casi siempre, no tomé la carretera principal. Hay algo en las rutas alternas que me atrae más que la pista recta y rápida. Quizá sea el silencio, quizá la sensación de estar atravesando lugares olvidados, o tal vez simplemente esa necesidad de sentir el viaje de verdad y no solo llegar.

Entré por el Algarrobal y seguí hasta la quebrada de Loreto. Desde ahí tomé una trocha que, según dicen, era parte de la antigua carretera. Cada vez que paso por ahí imagino camiones viejos, viajeros de otra época y caminos abiertos a pura insistencia humana entre el desierto.

La trocha finalmente conecta con la pista cerca de las dunas de salinas. El paisaje en esa zona siempre me impresiona: arena infinita, montañas secas, silencio y viento. Uno siente que cualquier problema mecánico puede convertirse rápidamente en algo serio.

Y justamente ahí empezó todo.

A pocos kilómetros antes del cruce de Hospicio sentí unos tirones extraños en la moto. Bajé y vi la llanta trasera completamente en el suelo.

—Asu… —pensé.

En ese instante aparecieron todos esos pensamientos inútiles que siempre llegan tarde: debí cambiar la llanta antes del viaje, debí traer el inflador portátil que recién me había llegado de Temu, debí revisar mejor la cámara.

Pero cuando uno está solo en medio del desierto, el “debí” no sirve para nada. Solo queda resolver.

Recordé que algunos kilómetros más adelante, subiendo la cuesta de Hospicio, había un llantero. Llegué como pude. Solo encontré a una señora y unos perros.

—¿El maestro? —pregunté.

—No está —respondió.

Le expliqué que la llanta estaba vacía y le pedí aire. Me miró con desconfianza al principio, quizá porque aparecer cubierto de polvo y preocupado en medio de la tarde no inspira demasiada confianza. Finalmente me ayudó. Inflé la llanta al máximo. La pérdida seguía ahí, pero al menos tenía una oportunidad.

Le di un sol a la señora, me subí rápido y avancé.

Durante unos kilómetros funcionó. Iba a unos 80 km/h tratando de ganar distancia antes de que volviera a vaciarse. Pero después de unos cinco kilómetros la moto empezó nuevamente a sentirse pesada atrás. La llanta volvía a morir.

Entonces empecé a pensar en objetivos pequeños.

“No tengo que llegar a Moquegua. Solo tengo que llegar a la curva del Soldado”.

Ese cruce, el que baja hacia Espejos y el valle bajo, se convirtió en mi única meta mental. Pero todavía faltaban varios kilómetros.

Ahí empezó realmente el suplicio.

Saqué unas sogas que llevaba entre las cosas y empecé a amarrar la llanta al aro para que no se saliera completamente. No tenía cuchillo ni tijera. Solo herramientas y un encendedor tipo soplete. Con fuego fui cortando las sogas en partes para improvisar amarres.

Cuando terminé, avancé por la berma de tierra al costado de la pista a unos 10 km/h.

El tiempo cambió completamente.
A esa velocidad el desierto se vuelve enorme. Cada piedra se siente. Cada metro parece eterno.

Me demoré casi una hora en llegar al cruce del Soldado.

Ahí me detuve un momento. Desde ese sector puede verse el valle de Moquegua apareciendo en medio del desierto como una especie de espejismo verde. Siempre me ha parecido una vista hermosa, pero esta vez la miraba diferente: con agotamiento, alivio y preocupación al mismo tiempo.

Revisé la rueda.

Dos sogas ya se habían roto. Solo quedaba una.

La llanta empezaba a deformarse como una pelota aplastada. Otra vez tuve que usar el encendedor para cortar amarres quemados y volver a improvisar. Buscando por el sector encontré alambres tirados. Los recogí como si fueran un tesoro.

Con esos alambres aseguré nuevamente la llanta al aro.

Mi nueva meta era llegar al Conde, cerca de la casa del Gringo Andrew. Pero todavía faltaban kilómetros de camino de tierra pegado al valle.

Y entonces el paisaje empezó a cambiar.

Eran más o menos las 3:30 de la tarde. La luz se volvió dorada. Los árboles del valle contrastaban con las dunas secas del fondo. El desierto parecía encendido por el sol y la campiña respiraba tranquila abajo.

En otro contexto habría sido un paseo hermoso.

Pero yo iba peleando con una moto que se desarmaba lentamente.

Varias veces perros salieron desde chacras cercanas a perseguirme. En una moto normal uno acelera y listo. Pero yo iba prácticamente arrastrando la rueda trasera. Tenía que encontrar el equilibrio exacto entre no destruir completamente la llanta y acelerar lo suficiente para perder a los perros.



En cierto punto los alambres también cedieron.

La llanta ya estaba rota. Incluso parte de la cámara comenzó a salirse.

Y ahí apareció otra solución desesperada: usar la misma cámara como amarre para sostener el neumático y evitar que escapara del aro.

No sé exactamente cómo, pero funcionó.

Avancé así hasta llegar finalmente al Conde.

Cuando terminé en la cuyería “Apolo 11”, al costado de la Panamericana, sentí ese agotamiento extraño que mezcla tensión, hambre y alivio. Llamé a mi amigo Klin y a mi hermano Gino. Klin finalmente me recogió en su camioneta.


Y recién ahí entendí que ya estaba fuera del problema.

Después vino el cuy frito, el ruido de la carretera, el atardecer bajando sobre el valle y esa sensación extraña que aparece después de una experiencia difícil: una mezcla entre cansancio profundo y felicidad silenciosa.

Porque al final no recordamos tanto los viajes fáciles.

Recordamos los viajes donde algo salió mal y tuvimos que seguir adelante igual.

Hoy veo la llanta destruida y me río un poco. Pero en ese momento, solo en la carretera, entre el desierto y el valle, cada kilómetro parecía una pequeña batalla.

Y quizá por eso mismo el regreso a casa se sintió tan bien.

Llegar, entrar, ver a Samantha echada tranquila al costado de mi cama… y finalmente descansar.